VÍCTOR ULIN

El final no deja de ser triste. Es, dentro de todo lo malo, lo más bueno que puede sucederle a los familiares cuando alguien los contacta para darles la noticia que tampoco hubieran querido escuchar para seguir pensando que estaban vivos. Que una mañana o tarde aparecerán tocando la puerta de la casa que hoy permanece cerrada.
Lo hemos identificado, es seguramente lo que dicen a los familiares los funcionarios cuando acuden a darle la noticia.
No hay detalles sobre las circunstancias por las que los familiares solo esperan en casa, sin buscar, que las autoridades hagan lo propio. Lo que tendrían que hacer con más rapidez, sin tanta burocracia ahora que se han institucionalizado las desapariciones que suceden por miles y por doquier, de norte a sur, en el país. Las causas pueden ser varias, pero todas coinciden en la desaparición de alguien sin explicaciones aparentes.
En descargo, el trabajo de los especialistas y trabajadores debe ser difícil. La reconstrucción de un cuerpo con restos hallados en condiciones irreconocibles o encontrar a sus familiares para que lo reconozcan y vayan a recogerlo, es complicado y los exámenes de ADN tienen su debido proceso.
De enero de 2025 a la fecha, la Secretaría de Inteligencia y Búsqueda de Personas (SIBP) ha localizado a familiares de 258 personas fallecidas identificadas y no reclamadas que se encontraban en el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses (IJCF).
Casi todos reciben la noticia y no dudan en ir a buscar al padre, hijo o hija, que ha sido identificado porque se reportó su desaparición cuando ocurrió y quedó registrada la denuncia ante la Fiscalía del Estado
Solo 21 cuerpos identificados que recién exhumaron han sido los pocos cuyos familiares no fueron a buscarlos para sepultarlos por su cuenta y permitieron que fuese la Secretaría de Inteligencia y Búsqueda la que lo hiciera.
Cada una de las 21 personas fallecidas fueron ingresadas en un ataúd en las instalaciones del IJCF y posteriormente trasladadas al cementerio ubicado en Guadalajara.
En ese panteón se realizaron las tareas para la inhumación en tumbas verticales, de forma individual, a las que, sinembargo, podrán llegar sus familiares.
Las lápidas no serán anónimas como las de aquellos que acaban en fosas comunes porque no fueron identificados o porque nadie los reclamó. Tendrán sus nombres. Un lugar al que podrán llegar a visitarlos sus familiares y en donde se les podrá rezar.
Es una ironía de la vida. Mientras hay madres buscadoras que desean encontrar los restos de sus seres queridos para darles una cristiana sepultura y acabar con el calvario que les tocó padecer, los hay quienes ya no vuelven a preguntar por aquél que un día desapareció de casa, o los que lo encuentran pero delegan en terceros -sus razones tendrán- la responsabilidad de sepultarlos.

En estas circunstancias cualquier decisión es más que razonable. Nadie debería atreverse a juzgar. Son situaciones tan complejas, tan sensibles. Que solo deberíamos quedarnos callados y abrazar a los deudos.
Ni una madre o padre debería vivir esta situación que ya se ha vuelto parte de una vida cotidiana que no deseamos, pero que sigue latente sin que se logre frenarlo. La realidad es que nos gana la impotencia y solo queda la espera y la esperanza en la gran mayoría, de que sus seres queridos serán encontrados o identificados en cualquier momento por las autoridades competentes. Identificarlos, llevar la noticia y sepultarlos también es parte de su tarea. Un nuevo ritual, una práctica burocrática más que tampoco debería existir, que nos recuerda que está batalla la vamos perdiendo.
