Gratitud en el hoy de la historia
Miguel Novak
Mis abuelos, en Eslovenia, tenían un molino de granos que funcionaba con la fuerza del agua de un río. A veces, hablando con ellos —que habían sufrido la Primera Guerra Mundial, la Segunda y después la llegada del comunismo con la “liquidación” de tantos miembros de la familia— repetían una frase que se me quedó grabada: “Los molinos de Dios muelen despacio, pero muelen bien”.
Durante estos días, junto con dos personas más y a la distancia, hemos trabajado en la reconstrucción de la memoria colectiva de un pueblo de la Patagonia argentina, donde mis padres y yo llegamos exiliados hacia 1950. Era entonces un pueblo apenas naciente: no había iglesia, sólo una vieja capilla.
Las décadas pasaron. Llegaron nuevas generaciones, los smartphones, la velocidad de un mundo muy distinto al de mi juventud en los años 60. Y, mirando el presente, entiendo mejor aquella frase de Isaac Newton: “Si he visto más lejos, es porque me he parado sobre las espaldas de gigantes”.
Cuando yo era niño, en el pueblo sólo había escuelas primarias. Para cursar la secundaria o la preparatoria había que levantarse a las cinco de la mañana y viajar en autobús por caminos de piedra hasta otra ciudad. Las tareas se hacían durante el trayecto, entre saltos y polvo.
En 1953 llegó un misionero suizo: el Padre Adolfo Greber. Al descubrir tantas carencias e injusticias, comenzó a trabajar con la gente del lugar y a buscar ayuda económica en Argentina, Suiza y Alemania. Así logró construir una secundaria, una preparatoria y una escuela de artes y oficios. Hoy también existe la primaria y el complejo educativo atiende a cientos de alumnos.
Los ricos del pueblo le hicieron la guerra. No querían que el colegio se levantara “del otro lado de las vías”, donde vivíamos los pobres, los marginados y quienes intentaban rehacer su vida, como mi familia. Hubo sacrificios, conflictos y mucho trabajo, pero la escuela se construyó justamente allí, del otro lado de las vías.
Tiempo después, el Padre Adolfo fue enviado a otra de las zonas más pobres de la Patagonia. Allí terminó asesinado y arrojado a una barranca, por haber enfrentado a los poderosos y defendido a los pobres. Mi padre y otra persona recorrieron casi 500 kilómetros para recuperar el cuerpo. Para poder trasladarlo sin problemas en medio de controles militares y policiales, tuvieron que esconderlo debajo de 500 kilos de papas.
Ni siquiera muerto dejaron de perseguirlo. Algunos querían negarle un lugar digno en el cementerio y finalmente una familia ofreció su tumba familiar. Con los años, la memoria de este hombre excepcional fue quedando sepultada bajo el silencio. Hasta ayer.
Después de más de cincuenta años, logramos organizar un acto público para las nuevas generaciones de la escuela que él fundó y para la gente del pueblo. Fue una manera de recuperar su memoria y volver a hacer presente a este fiel discípulo del Evangelio. Fue, para muchos, un día histórico, el 18 de marzo.
Tal vez ahora se entienda mejor aquella frase de mis abuelos: “Los molinos de Dios muelen despacio… pero muelen bien”. Cincuenta años después, la verdad y la gratitud volvieron a abrirse camino.
También comprendo mejor a Newton: hoy puedo ver más lejos porque estoy parado sobre las espaldas de gigantes como el Padre Adolfo, mis padres, Chiara Lubich y tantos otros.
Un amigo llamado Gustavo, huérfano desde niño y acogido por el Padre Adolfo, expresó con sencillez el alma de lo ocurrido:
“El Padre Greber venía de un país rico, donde no le faltaba nada y donde incluso había recibido una importante herencia. Sin embargo, eligió seguir a un Maestro que ‘no tenía dónde reclinar la cabeza’. Eligió la Patagonia, donde todo estaba por hacerse, y puso su mirada en los pobres que vivían del otro lado de las vías”.
Allí vio a Cristo: en los migrantes, en los peones rurales, en los jóvenes que no podían estudiar, en los enfermos del hospital y también en dos hermanitos huérfanos que vivían solos, con hambre y frío.
“Nada guardaba para sí”, recordaba Gustavo. “En la casa parroquial andaba descalzo y por la calle caminaba con zapatos rotos”.
A Jesús quisieron despeñarlo por decir verdades incómodas. Y sospechosamente tú, Padre Adolfo, montañés de nacimiento, moriste arrojado a una barranca por defender a los más débiles.
Por eso tenían razón quienes escribieron sobre tu tumba: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.



