Hermanas y hermanos en el Señor:
Iniciamos un nuevo curso en el Seminario de Guadalajara con la celebración del misterio pascual de Jesucristo, la Eucaristía, misterio de su muerte y su resurrección, misterio que nos mereció el don más grande que nos viene de Dios Padre, el Espíritu Santo.
Antes de que el Señor padeciera, muriera y resucitara, no podíamos recibir este don, necesitábamos ser purificados y reconciliados con el Padre por la muerte redentora de Jesús que, cada vez que celebramos su muerte y resurrección en la Misa, nos reconcilia, nos purifica y sopla sobre nosotros el don de su mismo Espíritu.
La atención a la Palabra de Dios nos da la confianza de iniciar con la presencia misteriosa pero real del Espíritu Santo, que nos habla y nos inspira internamente todo aquello que debemos hacer para dar gloria a Dios, y nos inspira todo aquello que debemos evitar para mantenernos reconciliados y en comunión de vida y amor con Dios Padre
Debemos estar seguros y convencidos de esta presencia del Espíritu Santo y de su acción eficaz en nuestra vida.
Si partimos de esta verdad, todo lo que hagamos en nuestro proceso formativo, en la etapa de formación que nos encontremos, tendrá sentido hacerlo, tendrá valor en nuestra vida realizar todo aquello que el Espíritu Santo nos inspira y nos sostiene para llevarlo a cabo.
Tendrá también mucho fruto en nuestra vida personal, en nuestra vida comunitaria y en la vida de la Iglesia.
El Espíritu Santo no unifica en la única fe, en la única gloria que debemos a Dios nuestro Padre. Si todo lo que realizamos en este proceso formativo lo hacemos por inspiración y sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo, le vamos a encontrar sentido, valor y razón de ser en nuestro actuar, pero sobre todo, más allá de los logros que vayamos adquiriendo en las disciplinas que estudiemos, vamos a ser lo que el Espíritu Santo sabe hacer, lo que quiere hacer, y para lo que nos lo entregó Jesús: santificarnos.
Es decir, nos va a mantener en la comunión plena con el Señor, y a través de Él, en la comunión plena con Dios Padre, participando de su mismo ser y de su misma vida. Ésta es la santidad, estamos llamados a ser santos. Para esto actúa el Espíritu Santo, para que seamos cada vez más semejantes a Jesucristo.
En la medida que nos identificamos con Jesús, con la fuerza y la gracia del Espíritu Santo, en esa medida lo hacemos presente en el mundo de hoy, en las situaciones concretas.
La santidad es ser testigos, ser continuadores, ser presencia de Jesucristo en el mundo.
El Papa León XIV, en el encuentro con los seminaristas de Roma, les dijo que a lo que deben aspirar, en primer lugar, es a ser santos. Ésta es la misión que el Espíritu Santo tiene para con nosotros.
Démosle valor y sentido al esfuerzo que estamos iniciando en el nuevo curso, buscando la santidad, apoyándonos en la luz, la fuerza y la gracia del Espíritu Santo.
Así daremos brillo a nuestra querida institución del Seminario de Guadalajara, que está cumpliendo 329 años de existencia, con frutos de santidad.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo.
