Fabián Acosta Rico / Univa

La generación X recuerda un mundo dominado por máquinas analógicas. Registrar en video una fiesta requería una cámara VHS; los reporteros usaban grabadoras de casete, y, para capturar las vacaciones, una Kodak con rollo a revelar. La música se escuchaba en walkmans, y los videojuegos se jugaban en un Game Boy monocromático. Para comunicarse a distancia, se escribían cartas o se usaba un teléfono de disco.
Todo eso fue absorbido por el smartphone: un dispositivo todo en uno que funciona como cámara, consola, grabadora, reproductor musical, agenda y, sí, también como teléfono. Con aplicaciones infinitas, se ha vuelto indispensable: lo usamos para ver películas, leer periódicos, chatear con chatbots, tomar clases, navegar por redes, incluso para trabajar. Es la navaja suiza de nuestra era digital.
Sin embargo, el rey de los gadgets podría tener los días contados. Tres innovaciones disruptivas, impulsadas por Elon Musk, Bill Gates y Mark Zuckerberg, amenazan con destronarlo.
Elon Musk, a través de su empresa Neuralink, desarrolla implantes cerebrales capaces de conectar el cerebro humano con computadoras. Con ellos podríamos navegar en Internet, enviar mensajes o acceder al metaverso con solo pensarlo. Esta tecnología, mucho más invasiva que el smartphone, transformaría al ser humano en un transhumano: una especie de cíborg con habilidades ampliadas, donde el teléfono dejaría de ser necesario como objeto externo.
Bill Gates ha invertido en la empresa Chaotic, que trabaja en tatuajes electrónicos con nanosensores, capaces de monitorear signos vitales y detectar enfermedades. Además de sustituir chequeos médicos, estos tatuajes podrán cumplir muchas de las funciones de los smartphones. Si se combinan con los implantes neuronales de Musk, el resultado sería una persona completamente integrada a la tecnología.
Mark Zuckerberg, por su parte, apuesta por lentes inteligentes. Sus gafas Orion, equipadas con cámaras y control por voz, permitirán grabar sonido, tomar fotos, enviar mensajes, hacer videollamadas y sumergirse en realidades aumentadas y virtuales. Zuckerberg prevé que, para 2030, estos lentes sustituirán al smartphone, al estar pegados al rostro todo el tiempo. Aunque no tan invasivas como las otras tecnologías, también distorsionarán nuestra percepción del mundo real.
Imaginemos a un usuario de estas gafas, interactuando con avatares de inteligencia artificial hechos a su gusto: ¿por qué querría tratar con personas reales, impredecibles y emocionalmente complejas?
Estas tecnologías están siendo desarrolladas por razones comerciales, sin un análisis profundo de sus consecuencias sociales. El smartphone, pese a sus ventajas, ya ha generado una fuerte dependencia. Ahora, los nuevos dispositivos prometen ser aún más adictivos y alienantes.
Lo más probable es que las primeras en reemplazar al smartphone sean las gafas inteligentes, por su menor costo e invasividad. Luego podrían seguir los tatuajes inteligentes, sobre todo, entre adultos mayores con necesidades médicas. Finalmente, los implantes neuronales podrían volverse populares entre los ricos y los más atrevidos.
¿Estamos listos para dejar el smartphone y abrazar tecnologías que se integran a nuestro cuerpo? ¿Será el precio de la hiperconectividad la pérdida total de nuestra autonomía?

