JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ
Las marchas son eventos sociales de movilización masiva que pretenden expresar apoyo a una causa o protesta a la gestión de la autoridad; suelen tener motivaciones ideológicas, políticas, económicas o sociales. Son convocadas por los líderes sociales utilizando los medios tradicionales de comunicación y hoy, de forma exacerbada, por las redes sociales. Toda marcha supone un ejercicio de poder social y económico, pues son financiadas por alguien, organizadas y pensada su logística de manera conjunta con el gobierno y, por su parte, al Estado compete garantizar la seguridad de los ciudadanos. Estos siempre tienen el derecho de expresar libremente, sea de forma privada o pública, su orientación ideológica o el motivo por el que se organiza dicho evento.
Las marchas no son por sí mismas un factor determinante en la vida pública, pero pueden ser una manifestación social de suma importancia para quienes ejercen la autoridad o el gobierno, pues expresan el sentir popular o, al menos, de una porción importante de la población. Hay que decir que sólo un porcentaje de correligionarios van a las marchas, pues existen ciudadanos que, aunque abrazan las causas, no se hacen presentes por diversos motivos. Por ello, nunca debe ser despreciada o minimizada, menos por la autoridad; pues detrás hay muchas más personas que no asistiendo, comparten los idearios o la agenda de los manifestantes.
Un verdadero gobernante estadista de altura de miras, además de respetar siempre las causas que motivan las marchas o las manifestaciones que debe considerar siempre válidas en un contexto democrático, también debe mantenerse al margen sin tomar postura ni a favor ni en contra. A él le toca leer críticamente la realidad del evento y actuar en consecuencia para resolver los problemas que aquejan a la sociedad y que son el motivo de la protesta, si ese fuera el caso.
Un verdadero estadista no muestra su poder en eventos de esta naturaleza, no debe convocar ni organizar marchas de apoyo, pues eso corresponde más bien a sistemas populistas que pretenden, con los recursos del Estado, ondear la bandera del ego. Al gobierno le toca dar resultados, no recibir ovaciones, como no las reciben quienes hacen su trabajo como parte de sus obligaciones. Mucho menos, un verdadero estadista toma partido, ni por su partido político ni su ideología, pues es consciente de que su gobierno abraza a todos, incluso a los adversarios; esa es la razón de la misma laicidad del Estado. El estadista vela por el bienestar del Estado no de su gobierno, tiene su mira en el bien de todos y la estabilidad del país. Por ello, no descalifica a sus oponentes, al contrario, los respeta y valora.
Es triste ver que desde Palacio Nacional hay tantas descalificaciones a los oponentes que convocan marchas, hasta llegar a violar el derecho de jóvenes exponiendo sus rostros. Qué pequeña se ve la Presidenta cuando solo tiene buenos ojos y halagos para sus correligionarios, a veces hasta la complicidad delictiva, mientras es cruel inquisidora con sus oponentes.
