Celina María Zepeda Gutiérrez

En un mundo marcado por profundos cambios culturales, sociales y económicos, cada vez es más común encontrar matrimonios que, por distintas razones, no tienen hijos. Esta realidad presente en las comunidades católicas plantea interrogantes pastorales, espirituales y morales.
Ante esto, la Iglesia no se queda indiferente. Con su corazón de Madre acoge, acompaña y orienta a estos esposos, recordándoles que su vocación matrimonial sigue siendo querida por Dios y que la plenitud en su relación la alcanzarán con los hijos.
TESTIMONIO SIN HIJOS
En este contexto, presentamos la historia de Érika de la Paz García Macías, artista plástica de 49 años de edad y Juan Manuel Aguilar, capitán retirado de 48.
Sin duda que son un testimonio de amor, porque después de 25 años de matrimonio han construido una vida basada en la entrega, el respeto mutuo, pero con una decisión libremente asumida: vivir su relación sin hijos.
Erika y Juan Manuel se casaron tras un noviazgo breve de cuatro meses. Su vida en común inició con carencias materiales, como la mayoría de los matrimonios recién casados. Sin embargo, esto no impidió que construyeran una relación amorosa. “Dijimos: no nos conocemos, pero tenemos el resto de la vida para hacerlo”, relata Érika.
Una de las decisiones más significativas de su vida fue la de no tener hijos. No fue un acuerdo hablado desde el principio, sino algo que se dio naturalmente. Para Juan Manuel, el amor y la compañía de su es posa -dice- han sido suficientes: “Nunca sentí la necesidad de ser padre. Me siento completo con ella”
Ambos han enfrentado presiones sociales, especialmente Érika, “pero yo estaba segura de lo que quería”, explica. Juan Manuel, en cambio, vivió con menos presión. “Soy una persona seria, y cuando alguien me comenta siempre digo que cada quien decide lo que quiere tener en su vida y la verdad es que yo no quería tener ese compromiso”
UN AMOR ENTRE ELLOS
“Para mí este tiempo ha significado sentirme querida, escuchada y valorara”, dice Érika. Juan Manuel lo resume como: “A mí me ha parecido poco tiempo, la verdad es que ha sido un placer”.
Una de las enseñanzas que destacan es el valor de ser honestos: “Manuel ha sido mi maestro en muchísimas cosas: en la perseverancia, en la honestidad… desde que lo conocí, aprendí que la honestidad vale muchísimo”
Por su parte, Juan Manuel destaca: “Con ella a mi lado ha sido mi fuerza, ha sido mi apoyo, ha sido mi norte”.
Dicen que durante su matrimonio han encontrado formas de ejercer un tipo de maternidad y paternidad distinta, optaron por un perrhijo, aunque también comenta Juan Manuel: “Vivimos una paternidad comunitaria, por así decirlo, con nuestros sobrinos”.
Para Érika, la maternidad también se manifiesta en su vocación profesional. Ambos creen que la figura de madre y padre puede extenderse más allá del vínculo biológico.
UN EJEMPLO
Desde su experiencia, piensan que la vocación matrimonial sin hijos puede ser fructífera, por ejemplo, cuando algún algún hijo de sus vecinos quiere ir al parque y su familia no puede llevarlo, ellos se ofrecen a hacerlo. Creen en el valor de “paternar por unas horas”. Por eso, señalan que siempre que pueden, acompañan.

NUESTRO COMPROMISO COMO CRISTIANOS AL RESPECTO
Aunque, por supuesto, es muy respetable la opinión y de la decisión de todas las parejas que se unen, y que dentro de su proyecto de vida está no tener hijos, y sin que se quiera hacer ningún intencional adoctrinamiento ni proselitismo que, por otra parte, no conseguiría nada, el pensamiento de la Iglesia sobre los matrimonios sin hijos no es el expresado por el testimonio anterior.
Presentaron sus motivaciones, sus decisiones y sus planes, así como la íntima relación que existe entre ambos, y es muy respetable y, para algunos, resulta un paradigma, pero queda claro que, según el designio de Dios expresado en la Sagrada Escritura, desde la Creación, la finalidad de la unión entre un hombre y una mujer es la procreación amorosa y responsable. Tampoco se trata de traer al mundo criaturas sin amor y sin compromiso entre ellos (los cónyuges) y sin compromiso con los que engendren.
En el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), en el número 1652, se nos dice con claridad que uno de los fines esenciales del matrimonio es la apertura a la vida:
“Por su naturaleza misma, la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y a la educación de la prole y con ellas son coronados como su culminación”.
Y el documento del Concilio Vaticano, titulado “Gozos y Esperanzas” (Gaudium et Spes), «los hijos son el don más excelente del matrimonio y contribuyen mucho al bien de sus mismos padres. El mismo Dios que dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2,18), y que hizo desde el principio al hombre, “varón y mujer” (Mt 19,4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gn 1,28). De ahí que el cultivo verdadero del amor conyugal y todo el sistema de vida familiar que de él procede, sin dejar posponer los otros fines del matrimonio, tienden a que los esposos estén dispuestos con fortaleza de ánimo a cooperar con el amor del Creador y Salvador, que por medio de ellos aumenta y enriquece su propia familia cada día más» (50,1).

LOS QUE SÍ TIENEN HIJOS
Un pensamiento diferente al planteado al inicio de este tema -y muy diferente-, lo tienen los matrimonios que sí tienen hijos. Para ellos, los hijos, cuando los tienen -y hay que tenerlos para experimentarlo, para sentirlo-, son plenitud.
Los esposos se sienten plenos en su relación -y qué bueno-, por supuesto, pero cuando llegan los hijos, se sienten mejor, y más cuando son fruto del amor, de la responsabilidad y del compromiso de haberlos tenido.
Esos matrimonios no se ven ni se imaginan sin hijos, sin descendencia, sin experimentar ese amor tan grande e infinito que se tiene por ellos.
Se puede sobrellevar la vida sin esposo, sin esposa, ordinariamente, aunque sufran, pero ante la muerte de un hijo, la vida del padre o de la madre que han estado responsablemente con ellos, es un dolor inmenso, incomparable, consecuencia del gran amor que les trae, a la vida de los esposos, un hijo.
Quienes los tienen, no se imaginan la vida sin alguno de ellos, sea uno o sean cuatro, o más; ninguno sobra, ninguno está de más, a todos los quieren.
Además, como dice el Ritual del Bautismo, se aumentan los hijos de Dios por adopción, y aumenta el número de los discípulos de Cristo y testigo de su amor en el mundo
EN CIFRAS
- El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) no publica cifras anuales precisas de matrimonios sin hijos. Sin embargo el Censo del año 2020 permite estimar que cerca del 38% de los hogares nucleares estaban conformados por parejas sin hijos.
- Por su parte, la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) realizada en 2023, señala que:
- *El tipo de hogar más frecuente fue el de dos personas, representando el 22% del total. Esto significa que, de cada 100 hogares, 22 están conformados por solo dos personas, muchas veces parejas.
- *La tasa de fecundidad en hijos por mujer de 15 a 49 años cayó de 2.07 en 2018 a 1.60 en 2023.
- *Cerca del 30% de las mujeres adultas no tienen hijos.

