
Nos encontramos en el VIII Domingo del Tiempo Ordinario, a unos días de iniciar el tiempo litúrgico de la Cuaresma. San Lucas nos presenta el final del sermón del llano (Lc 6, 39-45).
El Evangelio nos lleva a pensar sobre dos cuestionamientos que hace Jesús a sus discípulos y que hoy también nos los hace a nosotros:
¿Puede un ciego guiar a otro ciego? (cf. Lc. 6,39) ¿Cómo puedes decir: “Hermano, deja que te saque la pelusa que tienes en el ojo, si tú no ves la viga en el tuyo? (cf. Lc 6,42) y una afirmación: “La boca habla de lo que está lleno el corazón” (cf. Lc 6,45)
LA CORRECCIÓN FRATERNA
Jesús nos propone salir al encuentro del otro sin juzgarlo, sin ideas preconcebidas y sin etiquetas. Nos llama a verlo como hermano y a abrazar su historia porque el juicio pertenece a Dios. Solo Él conoce nuestro corazón. Nos invita a ser compresivos, atentos, cercamos y a tener una mirada de amor que acoge al otro en su fragilidad.
Conocer nuestra debilidad nos ayudará a ser más comprensivos con los que nos rodean y con nosotros mismos. Nos capacitará para darnos cuenta que los otros también tienen que soportar nuestras carencias.
Solo el amor sana heridas. Nuestros pecados, equivocaciones y errores nos tienen que servir para crecer en comprensión, amabilidad y humildad.
Jesús también nos invita a mirar nuestro corazón, ya que su interior se manifiesta a través de nuestras palabras, expresión de lo que sentimos, de lo que nos gusta y molesta; de lo que soy capaz de compartir; de lo que quiero o rechazo.
EL MEOLLO DEL EVANGELIO
“La boca habla de lo que está lleno el corazón” (Lc 6,45). Quien tiene un buen corazón, de su boca brota sabiduría y amor. Quien se ha esforzado en mejorar su apariencia, descuidando su interior, antes o después, de su corazón rebosará la maldad que hay en él. Y con un corazón así es imposible vivir el Reino de Dios, es decir, es imposible ser realmente feliz.
ALERTAS Y VIGILANTES
El corazón es clave, en la última de las comparaciones, sobre el fruto bueno. Porque es del corazón, hablando en términos bíblicos, de donde salen los frutos de nuestra vida. ¿Qué debe emanar de él? Misericordia. De ahí salen los frutos de nuestra vida para que los demás los recojan. En conclusión, el Evangelio de hoy es una llamada a no juzgar. Porque el que juzga, necesariamente, se equivoca. Sólo Cristo conoce lo que hay en el corazón del hombre,
“pues los hombres miran las apariencias, pero Dios ve el corazón” (1 Sam 16,7).
Jesús insiste en la absoluta necesidad de la limpieza de corazón. Todos tenemos de algún modo la tarea de guiar a los demás y corremos el riesgo de ser guías ciegos que conduzcan a los demás a la fosa. Sólo el que tiene el corazón puri cado, el que ha quitado la viga del propio ojo, será capaz de ver claro y con acierto.
