
JUAN DIEGO BLAS OCHOA / 2° FILOSOFÍA
Hablar de las misiones que recientemente hemos vivido, es hablar de una experiencia que deja huella en el corazón, en la mente y en el modo de comprender nuestra vocación. No se trata solamente de una actividad pastoral realizada en un determinado tiempo del año, sino de un verdadero espacio de gracia en el que el Señor nos sigue formando, puliendo y enseñando a mirar su pueblo con caridad, cercanía y esperanza.
Desde mi experiencia, puedo decir que las misiones son profundamente fructíferas para nuestro proceso formativo, porque nos permiten salir de nosotros mismos. En la vida del Seminario recibimos una formación humana, espiritual, intelectual y pastoral; sin embargo, en la misión todo ello se pone a prueba y se vuelve vida concreta. Ahí descubrimos que nuestra vocación no puede quedarse en ideas, en buenos deseos o en reflexiones teóricas, sino que debe encarnarse en el encuentro real con las personas, con sus alegrías, sus heridas, sus luchas y su fe sencilla.
Durante estos días de misión, he podido confirmar que el pueblo de Dios también forma al seminarista. Al visitar familias, escuchar testimonios, compartir la oración, acompañar enfermos, convivir con niños y jóvenes, y participar en la vida cotidiana de las comunidades, los seminaristas aprendemos que evangelizar no es solamente hablar de Dios, sino dejar que Dios nos hable a través de los demás. Muchas veces llegamos pensando que vamos a dar, pero terminamos recibiendo mucho más de lo que imaginábamos.
MISIÓN QUE FORTALECE
La misión también fortalece en nosotros virtudes esenciales para el futuro ministerio: la paciencia, la disponibilidad, la capacidad de escucha, el espíritu de servicio y la alegría del Evangelio. Nos ayuda a vencer comodidades, a ordenar nuestras intenciones y a recordar que el llamado de Cristo es siempre para amar más y servir mejor. Cada misión se convierte en una escuela concreta de pastoral y, al mismo tiempo, en una escuela interior de humildad.
Volvemos de la misión cansados físicamente, pero renovados por dentro. Regresamos con nombres, rostros e historias que ya forman parte de nuestra oración y de nuestro camino vocacional. Las misiones son un medio privilegiado por el cual Dios va moldeando en nosotros el corazón de un pastor. Allí entendemos, una vez más, que seguir a Cristo es salir al encuentro de los demás para llevarles su luz, y dejar que esa misma luz transforme también nuestra propia vida.
