Dra. Elizabeth del Carmen Flores Olague
Sin el apoyo de las mujeres, la Cristiada tal y como la conocemos hubiera sido imposible: ellas ejercieron un papel excepcional en más de un sentido y en más de una forma en la gestación, articulación, desarrollo y fortalecimiento del movimiento cristero que desafió de manera también excepcional al gobierno revolucionario de Plutarco Elías Calles ante su regia política anticlerical, antirreligiosa y laicista, que en 1926 dio paso a un estado no visto antes, de férrea, clara y abierta persecución a la Iglesia católica y sus feligreses, aun y cuando desde varias perspectivas historiográficas e ideológicas se ha negado ello, las fuentes de primera mano de la época, incluso oficiales, prueban las constantes violaciones al estado de Derecho.
HICIERON VIDA LA FE
Fueron mujeres del protocristianismo que, a pesar de las restricciones de su época, jugaron un papel público decisivo para la expansión de las comunidades cristianas, nuestras antecesoras expandieron las armas, el parque, las misivas, la protección de los sacerdotes, consagrados y consagradas, los panfletos, los fondos económicos, los víveres, las medicinas, la atención médica y más, dando muestra de una arraigada fe alimentada por las enseñanzas y la praxis de la Doctrina Social y su Rerum Novarum que tuvo en nuestro país un profundo aliento.
La participación femenina fue multifacética. Desde la cara pacífica, pasiva, activa o armada, fueron parte esencial del sistema nervioso del movimiento de resistencia civil.
Algunas ya versadas en la Doctrina Social e insertas en organizaciones como las Damas Católicas, pasaron o completaron su resistencia pacífica de recaudación de firmas para la derogación de las leyes anticlericales u organizando el boicot económico a ser integrantes de las Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco, dedicadas al espionaje, apoyo y aprovisionamiento de parque y armas para las tropas cristeras.
SIRVIERON CON GENEROSIDAD Y ASTUCIA
Sus redes de colaboración fueron fundamentales para que la lucha armada se prolongara por tres años, fueron tesoreras de regimientos y fungieron como bastón moral, pero también social, en territorios tales como la zona Quintanar; usando su perspicacia y una profunda convicción de lucha, lograban conseguir del Cuartel Colorado insumos de guerra de entre las propias tropas, ya fuera por afinidad religiosa, vinculación familiar o usando sus encantos, que el propio Jean Meyer afirma, eran de mejor calidad que los usados por los mismos federales.
Su perfecta organización congregó a aproximadamente 25,000 brigadistas y sólo rayando al término de la guerra fue descubierta; algunas vivieron el acoso, el agravio físico y el martirio. Esto hace que la deuda historiográfica y también la de las canonizaciones hacia ellas resuene todavía a 100 años del inicio de la Cristiada.
Otras más, obligadas por las propias circunstancias familiares o personales, incursionaron de manera espontánea y fuera de toda organización. Miles de esposas, madres, hermanas e hijas atendieron las necesidades básicas de los levantados en armas y no pocas vivieron a salto de mata. Testimonios de mujeres llagadas por las largas jornadas a pie o a caballo para atender a los sublevados, apoyar en la impartición de los sacramentos o con refugio a consagrados y consagradas todavía resuenan en la memoria colectiva, principalmente de nuestros pueblos.
Desde la práctica devocional, moral y educativo se atrincheraron. Su labor fue fundamental para que la doctrina y la catequesis encontraran caminos escondidos por donde proveerse. De ellas dependió en mucho la disposición del culto clandestino y la lucha contra la educación laica y con tintes antirreligiosos.
La Cristiada fue un escenario extraordinario para visibilizar que, ante el atentado a su Iglesia y de los propios espacios que eran tradicionalmente gobernados por la mujer o de los que dependía su identidad como católicas e integrantes de la Cristiandad, estuvieron dispuestas a ofrecer, como los hombres, hasta su libertad o vida.
El propio Obispo Manríquez y Zárate reconocía: “Las mujeres no retroceden, no vacilan, y frente a los escuadrones de caballería, siguen avanzando; algunas abren sus brazos en cruz para esperar las balas y aclaman a Cristo Rey…”.
En los testimonios de la época como en la actualidad, en los recuerdos colectivos de los pueblos, se sostiene que fueron las que, no pocas veces, impulsaron a los hombres a tomar las armas. Hasta entonces no hay episodio de nuestra historia nacional donde la mujer haya tenido un papel tan drástico, activo y definitorio, sobre todo considerando el choque fuerte, frontal y sostenido que se tuvo frente a un férreo aparato estatal.
Algunas cristeras afamadas, otras conocidas y la mayoría anónimas fueron muestra que saliendo o no de sus roles tradicionales también se hace historia y la Cristiada también tiene su historia con cara de mujer.


