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Nihilismo

por Quetzali Hernández
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PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ

Hoy se habla mucho de nihilismo, pero ¿qué es en sí? Y, sobre todo, ¿qué repercusiones tiene en la vida concreta y ordinaria de quienes no son filósofos ni les interesa siquiera la filosofía? En primer lugar, hemos de aclarar que el nihilismo no es una perspectiva negativa de la existencia que conduzca a una especie de depresión generalizada, como lo fuera el existencialismo ateo o el escepticismo pesimista, sino más bien, la renuncia de indagar y, consecuentemente, conocer sobre el “ser”.

Los filósofos griegos, siempre partiendo de la atenta observación del cosmos, se preguntaban sobre la relación del todo con cada cosa concreta que existe, sea en la realidad concreta como en la mente de cada persona, lo que hoy, en un contexto cibernético, llamaríamos virtual. Todo lo que concretamente es o puede ser, lo que existe en cuanto existente, incluso lo ue existe en la mente o virtualmente, se le comenzó a llamar con el participio activo del verbo ser: “ente”. Por tanto, el ser es la abstracción del ente y el ente es la concreción del ser.

La fiosofía realista, de corte aristotélico tomista, había resuelto el asunto con la idea de analogía; es decir, el ente participa del ser de forma proporcional. Así resolvía el problema, pero para el realismo empírico el ser es pura abstracción, especulación insustancial porque, a fin de cuenta, lo que experimentamos son los entes concretos con los que debemos resolver la vida cotidiana, las cosas que necesitamos para vivir el día al día. El nihilismo, por tanto, es la negación del ser en cuanto ser y la reafirmación del ente concreto que acontece en el aquí y el ahora. La nada es lo contrario al ser que pretende dar razón de la realidad total. La filosofía debe renunciar, por esa razón, a los grandes discursos o meta relatos para adecuarse a lo acontece cada día, sin la pretensión de darle sentido.

El fundamento del ser, en la filosofía aristotélico tomista es el Ser, el Absoluto; sin el ser y sólo con el ente, el discurso de Dios es insustancial, sin importancia. No se niega que exista Dios, simplemente se afirma que de nada sirve pensar en él ni necesariamente fundamentar como “necesaria” su existencia. Por ello, Nietzsche decía que había qué predicar la muerte de Dios; no necesariamente como un clausula atea, sino como una afirmación del ente, una autoafirmación de cada persona. Sin embargo, sin el fundamento de Dios, el hombre (el concepto de hombre) termina por ser igualmente intrascendente e innecesario; basta con autorreafirmarse cada uno en lo concreto de la vida, la renuncia a la búsqueda de sentido y orientación vital.

Una de las consecuencias del nihilismo, en la actualidad, es precisamente las tres cosas referidas: la intrascendencia de Dios en la vida cotidiana, la complejidad cada vez mayor en el estudio y el concepto del hombre y la pérdida de sentido de la vida. El existencialismo agudizará estas consecuencias y la postmodernidad a exacerbarlas.

Aclaración. En este espacio publicamos la edición pasada que el Sacerdote Miguel Aguayo había sido deportado de Estados Unidos. El Padre se comunicó con nosotros para decirnos que todavía sigue trabajando en el país vecino.

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