Inicio EditorialNo los juzguemos

No los juzguemos

por Quetzali Hernández
0 comentarios

Victor Ullín

La condena fue unánime, o casi. Con la sola imagen lo sentenciamos. Si solo bastara esa prueba y nosotros fuéramos jueces, no dudo que hasta estaríamos hablando de la pena de muerte o de colgarlo en la plaza pública.

Abandonar a un recién nacido como lo hizo Lucio por supuesto que es algo que no debería ocurrir y nadie debería hacer. Lo que miles atestiguamos en el video grabado por una cámara de vigilancia en Tultitlán, Estado de México, trasciende la furia. Entristece. Nos hace preguntarnos hacia dónde vamos. Qué estamos dejando de hacer o qué estamos haciendo mal, sin intención en muchas ocasiones.

Lucio tiene, recién cumplidos, 18 años de edad. Su pareja, Diana, tres años más. Fueron padres sin la pretensión de serlo. Es algo que no necesita mayor discusión, y no son los primeros ni tampoco los últimos que serán padres muy jóvenes, a veces siendo menores de edad.

El padre que abandona a la pareja embarazada, el que al nacer no lo reconoce y deja la casa dónde vive, o la madre que de pronto huye y se los delega a los abuelos, no es algo en lo que reparemos con frecuencia y que igual no debería suceder. Pero sucede.

Ni eso ni lo de Lucio y su pareja Daniela debería estar pasando. Pero ocurre y seguramente, en el mediano o largo plazo, estaremos contando otra historia con casos similares.

En medio de la euforia de las redes sociales, en la que somos implacables y odiamos, que muestran a veces de lo que también es capaz nuestra naturaleza animal, tiene que llegar la reflexión, la razón, y mirar atrás, al fondo, a lo que estamos haciendo en familia, como sociedad. Preguntarnos una y otra vez que nos está pasando, dónde estamos fallando. No solo culpemos a Lucio y a Daniela que, de pronto, son los responsables y de hecho ya juzgados por la voz del pueblo digital, pero no los únicos.

La casa, lo sabemos muchos, pero deberíamos saberlo todos, y más las nuevas generaciones aturdidas por las tecnologías, es el primer lugar donde se le educa a un hijo con todo lo que implica: manutención, amor, cariño, valores, principios que rigen vidas y que pueden ser determinantes en la toma de las decisiones como las de Lucio y Daniela con su bebé, del que celebramos su existencia.

No sé ustedes, pero yo no lanzaría la primera piedra ni, mucho menos, compartiría el vídeo o las conversaciones con una condena lapidaria para Lucio y Daniela, tampoco para los padres de familia a los que, por supuesto, hay que reconocerles que hayan entregado a sus hijos a las autoridades para que respondan, expliquen qué pasó, por qué hicieron lo que hicieron. Hasta este momento nadie los ha escuchado más allá del diálogo que circula de los mensajes en sus teléfonos y de sus primeras declaraciones ante autoridades que les han imputado ya el delito de intento de homicidio por abandonar al bebé en la calle.

Cuando leo atento los mensajes que conservan la causa primera de su acto, observo a dos jóvenes –lo son él, de 18, y ella, de 21– asustados, ignorantes, temerosos frente a la gran responsabilidad que representa concebir y tener un hijo. No es cualquier cosa. Y no todos lo resuelven de la misma manera. Afirmaría que no hay ningún padre hoy que no haya experimentado miedo, incertidumbre ante la noticia de que tendrá un hijo. Y hay los que no desean ser padres por miedo a que sus hijos vivan en este mundo que se está derritiendo en una crisis global.

No nos toca, ni a ustedes ni a mí, condenarlos. Ahora estarán arrepentidos de lo que hicieron y que, desde luego, es un acto que no debió ocurrir, insisto, pero no debemos ser crueles ni tampoco inhumanos, porque estaríamos haciendo lo mismo, justo lo que ya condenamos. Sería como abandonar al drogadicto o al alcohólico a su suerte teniendo salvación, solo por su enfermedad, y no ayudarlo a curarse. A no orientarlo para que rectifique sin, por supuesto, olvidar lo que hizo o su pasado que será el ejemplo de lo que ahora no es.

Reitero: ni Lucio ni Daniela debieron actuar así. Solo no olvidemos que los juzgamos desde la comodidad de casa o navegando en las redes sociales, mientras los hijos, nuestros, comen en la mesa o están de regreso de la escuela felices de llegar al hogar donde los esperan sus padres sin más preocupación que procurarles lo mejor, sin carencias, y con una madurez que solo llega con los años, con la experiencia de haber vivido. Solo no los juzguemos desde nuestras suelas.

También te puede interesar