Inicio EditorialNo morirás jamás

No morirás jamás

por Quetzali Hernández
0 comentarios

El culto a los muertos es una práctica que varía mucho según la cultura, pero generalmente implica honrar y recordar a los antepasados difuntos a través de rituales, ofrendas y celebraciones. Se basa en la creencia de que los muertos continúan existiendo de alguna forma e influyen en la vida de los vivos. Eventos como el Día de Muertos en nuestra patria, ejemplifican diversos enfoques para honrar a los difuntos. En general, la veneración de los muertos sirve como una expresión vital del patrimonio cultural, la memoria y los lazos familiares, resaltando la conexión duradera entre los vivos y nuestros antepasados.
Los cristianos lo celebramos en dos fiestas: el 1° de noviembre festejamos a todos los santos y el 2 de noviembre, a los fieles difuntos que duermen el sueño de la paz. La primera nos sirve para acercarnos a conocer a aquellas personas que nos dejaron una serie de enseñanzas para vivir el amor de Dios por los demás: ellos son los santos. ¿Quiénes son los fieles difuntos? Son todas aquellas personas que han partido a la casa del Padre. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “la muerte corporal es natural, pero por la fe sabemos que realmente es «salario del pecado». Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su Resurrección” (CIC. No. 1006).
El santo obispo de Hipona, San Agustín, expresa la añoranza natural que tiene el ser humano de volver con su Creador cuando nos dice “nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti”.
El cristiano no ve la muerte como una maldición sino, en realidad, como una bendición por que, con la muerte de Jesús, esta ha sido transformada (cfr. CIC. No. 1009).

De tal manera que, cuando muere alguien, principalmente un ser querido, es indudable el dolor que causa su partida pero, los que nos quedamos peregrinando en este mundo, damos gracias a Dios y nos alegramos por todas las bendiciones que derramó sobre ella.
Además, nos queda el consuelo, por la virtud de la esperanza, de que resucitará en el día del juicio final, y también la certeza de fe de que esa persona se ha ido a la Casa del Padre y que, cuando llegue el final de los tiempos, todos estaremos nuevamente reunidos, y habremos recobrado un cuerpo y un alma gloriosos, es decir, nuestra humanidad será por fin perfecta y no moriremos jamás.
Asimismo, la Iglesia celebra esta festividad para pedir por todos los difuntos que están en el Purgatorio para que lleguen a la presencia de Dios. Se le denomina así a este estado de vida intermedio entre la vida terrena y la vida celestial, porque en él, los fieles difuntos purgan sus penas. Esta purificación es necesaria puesto que el pecado, por su naturaleza, lastima la amistad con Dios e impide acceder directamente al cielo.
(Susana Rocatagliata Orsini, periodista chilena y autora de dos libros, señaló para Semanario, “que el pueblo mexicano no deje nunca de celebrar a sus difuntos, con la forma tan peculiar, de fiesta y esperanza”).
Así pues, cada vez que los cristianos celebramos estas festividades, lo hacemos para recordar el sentido que tiene vivir amando y, al mismo tiempo, aumentar nuestra certeza de fe en que los difuntos siguen viviendo en Dios. Ya Gabriel Marcel, pensador católico, decía: “amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás”.

También te puede interesar