JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PERÉZ
El pasado domingo 26 de octubre se celebró en Roma el Jubileo los equipos sinodales y los órganos de participación eclesial, que reunió a miles de peregrinos ante la tumba del Apóstol Pedro. En la Misa, el Papa León XIV, quien presidió la Eucaristía, invitó en su homilía a soñar una Iglesia humilde que se ponga al servicio del mundo.
La Iglesia, enseña el Papa, es más que una organización religiosa, más que la jerarquía y más que las estructuras eclesiales. Es un sacramento: un signo sensible de la comunión entre Dios y los hombres, algo mucho más profundo que una institución, pues es el Pueblo constituido por Dios. En cuanto Pueblo que peregrina, exige la lógica del “caminar juntos”, de ser sinodales. No puede ser la Iglesia, en cuanto misterio de comunión y participación, la mera suma de individuos que buscan por sí solos una espiritualidad de perfeccionamiento al margen del otro.
El Papa advierte dos peligros en el momento presente. El primero es el de la tentación de algunas minorías de polarizar o ideologizar por las tensiones propias de la naturaleza de la Iglesia: como las relaciones entre unidad y diversidad, tradición y novedad, autoridad y participación. El segundo riesgo es un cierto individualismo narcisista en la Iglesia, “cuando el yo prevalece sobre el nosotros”; cuando existe ese ambiente de estar comparándose con los otros, sea de forma individual o como grupos, para ver quién es “mejor”; cuando existe tanta crítica malsana e incluso calumnia y difamación dentro de la Iglesia; cuando, por el carrerismo, se llega a un cargo para sentirse más que los demás y quiere solo mandar; cuando no se da oportunidad a la participación a otros, anquilosándose en cargos de manera casi vitalicia.
Los órganos de participación, como los mismos equipos sinodales, desde el Equipo Coordinador Básico hasta el Consejo Presbiteral, pasando por la Asamblea Eclesial de Pastoral, sin excluir a otros tantos, deben constituirse no a partir de la lógica del poder, sino la de la escucha del Espíritu, del discernimiento evangélico y la del amor. En la Iglesia no hay una vocación para mandar, sino para servir; no debe haber un ejercicio de imposición de las propias ideas, sino la capacidad de escuchar a todos, sin excluir a nadie. La verdad debe ser recibida con profunda humildad y apertura al Espíritu, conscientes de que nadie posee la verdad absoluta.
Cuando se tienen en la Iglesia particular y son eficaces, los órganos de participación, en cuanto escuelas de escucha sinodal y fraterno diálogo, es decir, de apertura al Espíritu Santo, quien mueve los corazones, ayuda a ensanchar los espacios eclesiales para que sean acogedores, colegiales, en una palabra: evangélicos. Es por ello, de suma importancia que, en las instancias formativas de agentes, especialmente en el Seminario, haya un esmero por una profunda espiritualidad que lleve a la “libertad interior, la humildad, la oración, confianza mutua, apertura a las novedades y abandono a la voluntad de Dios”.
