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Padre Cuco, entre los ángeles de la caridad

por Quetzali Hernández
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Pbro. Francisco Javier Huerta

Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré: Mt 11, 25.28-30

A lo largo de los siglos, el ser humano ha experimentado el dolor, el sufrimiento, muchas veces por su estilo de vida, otras por la fragilidad propia o simplemente por las relaciones con los demás. Es cierto que a lo largo de la historia de la humanidad doliente, Dios se deja sentir a través de personas, instituciones y acontecimientos.

El Sacerdote José Refugio Ledezma Jiménez falleció la tarde del 23 diciembre de 2024; fue el último deceso del año del Presbiterio.

Tal es el caso del Hospital Civil Fray Antonio Alcalde. Atendido, primeramente, por encargo del mismo Obispo, de los Padres Betlemitas. Por un tiempo el hospital careció de presencia de Sacerdotes y Religiosos, pero en el año 1934 llegó el Padre Juan Bernal, conocido como el “Apóstol de los leprosos”, amigo de los pobres y Padre de los enfermos. Su labor se prolongó por casi 32 años, hasta que una larga y penosa enfermedad lo encaminó al cielo. Continuaron con su labor el Sacerdote Agustín Ortega, el Padre Tejeda y Monseñor David Orozco Loera (55 años con los enfermos), en palabras del Cardenal Robles Ortega, “Apóstol de la Misericordia”.

Después llegaron los Padres Guillermo Mariscal y José Refugio Ledezma para tomar la estafeta y entrar con todo el ardor pastoral aún oliendo la Unción del Santo Crisma de su Consagración Sacerdotal, fruto de seis manos, interpretando un himno a la caridad y con tres corazones henchidos de amor. Fundaron el albergue “El Buen Samaritano”, a la fecha con 50años de servicio.

El padre Cuco, reconocido siempre así por todos, fue un gran promotor vocacional. Brindó becas a los Seminaristas pobres, a ellos les compartió el amor por los enfermos y por el personal que los atiende. Todos los sábados regresaba a un grupo de 20 seminaristas al Seminario después de una jornada pastoral con los que sufren.

Fue padre y maestro de muchos de nosotros que lo recordamos con cariño y gratitud. A enfermos que daban de alta y no tenían cómo llegar a sus pueblos, él mismo conseguía vehículo y los llevaba hasta su domicilio, convirtiendo su vehículo muchas veces en ambulancia y otras tantas en carroza fúnebre.

Me tocó ver más de alguna vez que compraba algún féretro para algún niño o joven que había fallecido. En las reuniones de Decanato, en los encuentros Sacerdotales de estudio o de Oración, siempre piadoso, alegre y servicial.

Durante 26 años, por lo menos, recorrió los espacios del Hospital brindando consuelo y administrando los Sacramentos a quienes los solicitaban; siempre vivió en un pequeño cuarto humilde y modesto que se encuentra arriba de la notaría para facilitar que lo encontrara quien buscaba consuelo y auxilio.

Cuando lo cambiaron de este lugar decía con jocosidad: “Soy el Padre del Divino Rostro”. En el albergue Trinitario donde pasó los últimos días de su vida siempre lleno de fortaleza y de confianza en Dios, compartió fraternalmente con los Sacerdotes enfermos, sus hermanos, la caridad pastoral.

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