
HERMANAS Y HERMANOS EN EL SEÑOR:
La vida cristiana consiste en que vivamos en una permanente y plena obediencia a Dios. Es lo que nos enseñó Jesús venciendo las tentaciones, por ejemplo. Solo esa obediencia puede hacer que nos vayamos identificando cada vez más con Él.
Para que se dé todo esto es indispensable vivir de la escucha de su Palabra, cimentar nuestra fe en el Señor y cumplir todas sus exigencias.
En estos domingos de Cuaresma podemos centrar nuestra atención en dos elementos: la sed, esa necesidad vital que tenemos los seres humanos; y el agua, el único elemento que puede saciar esa necesidad.
El diálogo entre Jesús y la samaritana, por ejemplo, refleja que la sed que experimentamos en la vida (de amor, de felicidad, de justicia, de paz, de muchas satisfacciones…) parece una permanente necesidad a la que no podemos aspirar con los recursos, los medios, los elementos o los instrumentos que vamos teniendo en nuestra existencia.
Nunca alcanzamos a sentirnos plenos. Apenas logramos satisfacer un deseo, y en cuento se cumple, ya estamos sintiendo necesidad de otra cosa. Nuestra vida es permanentemente sed, y descubrimos que en este mundo nada ni nadie nos puede saciar.
El único que puede saciarnos es Dios. El agua no sacia ni remedia definitivamente nuestras necesidades. Por eso dice el Maestro: “Si tú supieras quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, porque él te puede dar agua viva, y el que bebe de esa agua viva, nunca más tendrá sed”.
El único que puede saciar nuestro ser es, entonces, Dios. Por más que intentemos, deseemos, luchemos o experimentemos, nos vamos a encontrar con que nada ni nadie podrá saciar completamente nuestra vida, porque la sed que tenemos en nuestra existencia nos pide buscar algo que nos resuelva totalmente esa necesidad.
La sed en sí misma espera ser saciada, y nadie en este mundo nos puede dar esa plenitud de sentirnos llenos sin pedir más, sino solo Dios.
Revisemos nuestra vida en torno a este mensaje. Ubiquemos los pozos en los andamos queriendo saciar nuestra sed, y que no llenan nuestra vida: el dinero, la vanidad, la fama, la injusticia, y démonos cuenta que en ninguno de estos pozos a los que acudimos a buscar nuestra felicidad, nos sacian.
Volvamos a Jesús. Él, el día de nuestro Bautismo, nos infundió la presencia más fuerte que podemos tener, el Espíritu Santo, que es la verdadera fuente.
Recuperemos la comunión con Cristo, la participación de su misma vida, la acción de su gracia en nosotros y experimentaremos la saciedad completa de nuestra sed.
El Señor es judío, profeta, Mesías y Salvador. Es el proceso que debemos seguir para conocer quién es el único que puede saciar nuestra sed en esta vida.
Solo Jesucristo puede saciar nuestra necesidad de paz, de felicidad, de justicia, de salud, de todas nuestras realidades.
Recuperemos la fe del Bautismo, recuperemos esa comunión de vida y amor con Él. Recuperemos el conocimiento de quién es Jesús, para que nos convenzamos de pedirle el agua que sacie toda necesidad. Que sacie nuestra sed de paz, de felicidad y de todo lo que requerimos en esta vida.
YO LES BENDIGO EN EL NOMBRE DEL PADRE, Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO.
