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Papa Francisco, sus lecciones, las tareas

por Quetzali Hernández
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Laura Castro Golarte

Muy pronto empezó a dar de qué hablar. Muy pronto generó polémica y dividió a la misma curia por cuestiones ideológicas y medidas contra los privilegios y la parafernalia de algunos de sus miembros ubicados en los niveles más altos de la jerarquía eclesiástica.

Muy pronto sorprendió a propios y extraños por sus posturas –desde la Silla de San Pedro– a favor de los más pobres y marginados (en Argentina era su vida cotidiana); por la apertura hacia la participación de las mujeres; por su respeto a la diversidad sexual; por las correcciones en el manejo de las finanzas del Vaticano y el control de gastos excesivos, palaciegos; por cuestionar el neoliberalismo, la hipocresía de algunos gobernantes, la apuesta por la guerra y las políticas contra migrantes (léase Estados Unidos y Donald Trump específicamente); por proponer el diálogo en países con conflictos internos (léase Venezuela); por defender y llamar la atención sobre el medio ambiente en términos mucho más profundos que el de un activista ecológico y, entre muchas otras exhortaciones, cartas, encíclicas y mensajes, por convocar a la humanidad a recuperarnos, a fortalecer la conciencia histórica y a rescatar el concepto de fraternidad: tareas, lecciones.

Reformador, revolucionario, rebelde, profundamente humano, sabio sin aspavientos, el Papa Francisco se fue muy pronto. Me parecen pocos 12 años de Pontificado. Por fortuna, su producción intelectual como pontífice y ser humano es abundante y está disponible para su lectura y relectura, para pensarla y repensarla, para aplicarla, vincularla; para aprender las lecciones y hacer las tareas.

Y son sus textos (y los cambios, las reformas), pero es el ejemplo, la congruencia, la insistencia y persistencia, la perseverancia y la valentía de mantener sus convicciones, en línea perfecta con el Magisterio de la Iglesia católica, a pesar de quienes pugnaban porque se apartara de ella o que lo cuestionaban por no hacerlo.

Su generosidad sin límites y su profundidad de pensamiento, su filosofía, son un legado para la humanidad y nos toca abrevar de ella. Sus documentos no pierden vigencia y es de lamentar, deberían perderla; deberían haberse resuelto los problemas que planteó, que expuso, que reiteró; deberían haber desaparecido las razones y las causas de la crítica y la autocrítica; tendríamos que haber empezado por lo menos a cambiar el rumbo, reconsiderar, hacer un alto en el camino, renovar principios.

En el año de su elección (2013), el Papa Francisco escribió y emitió una exhortación titulada Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), donde afirma: “No a la nueva idolatría del dinero”, con argumentos. Asevera que, como humanidad, hemos aceptado “pacíficamente” el predominio del dinero sobre nosotros y nuestras sociedades: “La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro”

Y continúa: “Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de las mayorías se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas […] El afán de poder y de tener no conoce límites”

El punto 60 de esta exhortación es demoledor y de una actualidad dolorosa, una verdad para transformar: “Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social. Así la inequidad genera tarde o temprano una violencia que las carreras armamentistas no resuelven ni resolverán jamás. Sólo sirven para pretender engañar a los que reclaman mayor seguridad, como si hoy no supiéramos que las armas y la represión violenta, más que aportar soluciones, crean nuevos y peores conflictos. Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución con una ‘educación’ que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos”. Tremendo.

Es muchísimo lo que me gustaría traer aquí para recordar al Papa Francisco, su vida y su obra, su legado filosófico y antropológico, su humanismo, su conciencia social e histórica, su amor por la humanidad y por el planeta, pero el espacio es muy breve. Invito a quienes lean esta columna a buscar sus textos, están a la mano, de fácil acceso, para leerlos con calma y por un buen tiempo, para no sentir que duró poco y se fue pronto, para extender su legado, para aprender las lecciones y hacer las tareas.

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