
PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
Después de la Ascensión del Señor, la pequeña comunidad cristiana entendió que no debía quedarse mirando al cielo, pero tampoco se decidía a mirar una tierra que les era hostil. Eran asiduos a la oración y a la enseñanza de los apóstoles en la seguridad de sus casas y en la neutralidad de un templo que lo seguía siendo para todos, judíos y cristianos. Es desde la experiencia vivificante de Pentecostés que la Iglesia se ve revestida de una fuerza interior extraordinaria que no se puede contener ni dentro de la persona, ni dentro del templo, ni dentro de la comunidad, es la fuerza expansiva del Espíritu que actúa como un nuevo “big bang”, es decir, como la nueva explosión que detona la vida transformada y transformadora que ha traído Cristo y que quiere comunicarse con una dinámica impetuosa.
Veinte siglos han pasado, y en su trayecto hemos entendido que esta fuerza del Espíritu, siendo como es un don gratuito, tiene condiciones para mantener su energía, tal y como lo enseña la parábola de las lámparas de aceite. Si el fuego es algo que Dios enciende, el aceite es algo que la persona debe prever. De tiempo en tiempo la Iglesia se dedicó a consumir el aceite recibido, alumbrándose con su luz espléndida, pero descuidando el repuesto. También llegó a pensar que la lámpara de los orígenes podía seguir sirviendo por los siglos de los siglos, error trágico que debió enmendar luego de amargas experiencias.
En otras palabras, podríamos decir que la lámpara es la estructura de la comunidad cristiana misma que debe irse adaptando a los tiempos cambiantes, el aceite es el compromiso cristiano de cada bautizado, y el fuego es el don del Espíritu que supone aceite en abundancia y una lámpara limpia en sus cristales, y adecuada para cada tiempo que se vive.
Presentarse ante las generaciones actuales con un farol de la Edad Media, cuando la gente de hoy se maneja con mejores resultados usando linternas led, o querer que el fuego del Espíritu prenda en aceite rancio, no es precisamente entender el mensaje del Evangelio, el mensaje de Dios que todo lo hace nuevo.
El día de Pentecostés, Pedro toma la palabra, asume su cargo, se convierte en el primer sucesor de Cristo a la vista de todo el mundo, ante una comunidad unida en la fe, no en la ideología; de ahí que su mensaje no sea aceptado o rechazado según se le vea si es de izquierda o de derecha, de apego a la tradición o mero modernismo, todavía el demonio no metía este veneno en la vida de los cristianos. Pedro se dirige a todo el mundo con la fuerza, la energía y la audacia que da el Espíritu, y a partir de este mensaje, todo genuino cristiano se convierte en evangelizador, no sólo han entendido que es ir por el mundo enseñando a todas las gentes a vivir la enseñanza de Jesús, sino que ahora experimentan la fuerza interior para realizarlo.
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