PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

El centenario del inicio de la guerra cristera en México supone distinguir por lo menos cinco temas distintos, aunque relacionados: 1) La legislación en materia religiosa de la Constitución de 1917, 2) Su codificación de esa legislación en 1926, 3) Las decisiones del episcopado en respuesta a estas medidas, 4) La guerra cristera, y 5) Los arreglos que pusieron fin al conflicto, 6) Los resultados de los arreglos a corto, mediano y largo plazo.
Analizar y reflexionar sobre estos hechos nos debe llevar a asumir con valor acciones que inician con la letra “r”: recordar, reconocer, rectificar. Cuando a los judíos se les cuestiona por qué siguen cada año recordando el llamado “holocausto”, aclaran que no lo hacen con el objetivo de alimentar el rencor o la venganza, sino el aprendizaje con el fin de que lo que ya pasó, no vuelva a suceder. Recordar debe pues tener ese esencial objetivo.
Reconocer es una acción que va por dos caminos, por un lado, nos invita a un reconocer que es aceptar aciertos y errores, es inevitable que en un conflicto tan complejo como lo fue éste, tanto laicos como eclesiásticos hayan cometido serias equivocaciones, lo mismo que evidentes aciertos, pensar que sólo hubo aciertos sin errores, o solamente errores sin aciertos resulta infantil o pesimista.
El otro camino va en la línea de un reconocimiento que valora las acciones de las personas, y en particular, de todos aquellos que fueron víctimas del conflicto, pero también de quienes tomaron las armas como una medida desesperada ante una situación que parecía sin salida.
No se trata pues de abrir viejas heridas, resucitar polémicas o caer en transposiciones, el México de hoy de ninguna manera es el de hace cien años, ni la situación actual de la Iglesia se compara con la que tenía entonces, por lo mismo pretender utilizar el recuerdo de estos hechos para lanzarse contra tales o cuales personas o instancias, nos haría presa fácil de los actuales debates que no son ya sobre valores perennes, sino sobre intereses económicos lastimados, y en menor grado, sobre posturas ideológicas extremas.
En este aspecto llama mucho la atención el que algunos analistas pretendan negar al episcopado mexicano su derecho a rectificar posturas del pasado, con el argumento de que, si a los cristeros de aquel tiempo no los apoyaron, lo cual es discutible, ¿por qué habrían ahora de reconocerlos? Este tipo de comentarios delatan la persistencia de los prejuicios, de la desinformación, y aún de la mala voluntad a la hora de poner en ejecución un programa de recuperación de la memoria que sea sano y constructivo, objetivo hasta donde sea posible y propositivo, es decir, que identificando las fallas nos lleve a un compromiso para que nuestra actuación presente sea más ceñida a la enseñanza del Evangelio, cuyo relativo olvido ha sido siempre la causa de innumerables errores.
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