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PENSIONADOS E IPEJAL

por Quetzali Hernández
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La lucha es por la salud

Víctor Ulín

Nos asombramos porque no es común ver que los adultos mayores salgan a las calles a protestar para exigir sus derechos humanos o, como en este caso, una mejor atención en los hospitales.

Nos asombramos porque nos están dando el ejemplo que hemos dejado de replicar buena parte de nosotros y nuestros hijos frente al abuso o los excesos de los poderosos -casi siempre políticos que imponen y solo nos quejamos, pero no actuamos.

El solo verlos conmueve. Algunos apenas podían caminar apoyados por su bastón y otros lo hacían un poco más rápido. Es una sola lucha y no importan que los pasos sean lentos o sus voces queditas. La presencia de los policías durante la marcha solo los alentó más. Les despertó la rebeldía y el coraje de antaño.

Esa rebeldía y coraje que echamos de menos cada vez más en las calles de las ciudades frente al cúmulo de injusticias que padecemos y toleramos en la mayoría de las veces por quienes gobiernan.

Los mueve una sola causa que, por lo demás, es justa. Es excepcional que haya una marcha o protesta social donde los manifestantes no tengan la razón o engañen.

No son del montón de conformistas que solo miran desde lejos. Son hombres y mujeres excepcionales que nos hacen mucha falta para luchar, por buenas causas, en estos tiempos en que permea la pasividad y la indiferencia, particularmente entre nuestros jóvenes que son capaces de llenar estadios de fútbol para presenciar un concierto de Bad Bunny, pero que se dan la vuelta si se trata de solidarizarse o sumarse a una protesta ajena.

Pudieron quedarse en casa a esperar que las cosas mejoren o, en su defecto, como suele ocurrir, que empeoraran. Si algo han tenido es paciencia y consideración con quienes directa o indirectamente los están maltratando cuando van a las unidades hospitalarias del Estado que les corresponde por ser ex servidores públicos. No hay doctores. Las citas con especialistas son un viacrucis. Literalmente están muriendo en la fila de espera.

A su edad, es para que estuvieran en casa con sus familiares, disfrutando de sus actividades. Ya no son los jóvenes de ayer que podían incluso desvelarse trabajando o en las reuniones sociales que se prolongaban hasta la madrugada.

Después de tantos años sirviendo a los demás y fieles al Estado, lo menos que se espera es un trato digno. Una atención médica que les procure una vida de calidad.

Pero ahí estaban como los principales protagonistas de una protesta que acaparó la atención de los medios de comunicación que le dieron una cobertura destacada. Sobre la avenida Corona y Juárez, en el centro de Guadalajara, daban testimonio de su sentida y razonable demanda que por supuesto apoyamos.

Como usuarios del Instituto de Pensiones del Estado de Jalisco (Ipejal) solo piden que la atención en los hospitales mejore y que surtan los medicamentos para paliar sus enfermedades que en esta edad son una constante.

En Jalisco y en resto del país las deficiencias en la prestación de los servicios de salud público son la principal queja de los derechohabientes. Falta de todo: desde médicos especialistas hasta un paracetamol.

Para que nuestros ancianos salieran a las calles a protestar -y denunciar una presunta corrupción en el Instituto – es porque la situación ha llegado al límite y entonces tuvieron que alzar la voz para ser escuchados y atendidos por la autoridad.

Hace falta sensibilidad. Empatía. Humanidad. La salud de nuestros adultos mayores, pensionados o ciudadanos que requieren la atención en los hospitales públicos, no es cualquier cosa. Es la vida de nuestros padres o abuelos lo que está en juego. Merecen ser atendidos. Queridos. Una vida saludable y digna. Es lo menos que el Estado está obligado a darles. Por derecho, por justicia.

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