LAURA CASTRO

La historia es larga e indisoluble. Quizá lo que falta para comprender en su justa dimensión el por qué se plantea que la corona española ofrezca disculpas a los pueblos originarios, es conocer y entender lo que pasó hace más de 500 años. Fue un genocidio. La invasión de conquista fue brutal, centrada en la posesión y dominación de un imperio y todas sus riquezas.
Estudiosos de diferentes disciplinas, no sólo historiadores, sino también filósofos, semiólogos, etnólogos, demógrafos y antropólogos han investigado y documentado aquellos hechos dado su impacto; les ha llevado años llegar a conclusiones más o menos plausibles.
Uno de ellos es Tzvetan Todorov (1939-2017), un lingüista y semiólogo búlgaro-francés que escribió “La conquista de América” (1982) para tratar de dilucidar, a través del análisis de la historia y de los signos cómo fue que los españoles derrotaron a los mexicas que estaban en su territorio y los superaban en número mil veces. Primero que todo por supuesto que recomiendo este ensayo, pero me referiré al punto del genocidio porque en estos tiempos, es donde se centra la polémica. Todorov concluyó que no se podía aplicar mejor que en este caso el término para describir la catástrofe demográfica que calificó también de hecatombe. Entre otras cuestiones, analiza los grados de responsabilidad de los conquistadores con base en las causas de la muerte: si enfrentamiento bélico, si nuevas enfermedades o si ruptura del tejido social, explotación, abusos y malos tratos. Y también cita el estudio que por 20 años realizaron los historiadores demógrafos Sh. F. Cook y W. Borah: “Ensayos sobre la Historia de la Población. México y California” (1978).
Guillermo Bonfil Batalla (1935-1991), etnólogo y antropólogo mexicano, autor de “México profundo” entre muchas otras obras, también recurrió a estos datos para concluir lo mismo que Todorov. ¿Y cuál fue la conclusión? Cook y Borah encontraron que en 1519, cuando las huestes de Hernán Cortés pisaron suelo identificado hoy como mesoamericano en la península de Yucatán, había 25.3 millones de habitantes. Sólo cuatro años después, en 1523, dos posteriores a la conquista, ya eran 16.8 millones; en 1548, 2.6 millones de habitantes; en 1595, 1.3 millones y en 1605, un millón de habitantes y todavía no se completaba el siglo desde la caída de México-Tenochtitlan. Por supuesto se refieren únicamente a la población indígena en aquellos tiempos.
Las cifras son demoledoras. Y así fue, está documentado por historiadores de todos los siglos desde aquel momento hasta nuestros días. Uno de los primeros en hacerlo fue fray Bartolomé de las Casas, descalificado en España porque lo consideran autor de la leyenda negra, sin embargo, en su tiempo y en vida fue nombrado “defensor de los indios” y hoy, con los conceptos actuales, se le considera precursor de los derechos humanos y antropólogo, aunque no existiera entonces la disciplina como tal.
Las disposiciones de Isabel la Católica para proteger a los indígenas no fueron respetadas, ni las Nuevas Leyes emitidas por su nieto Carlos V. Prevalecía una máxima en el virreinato de la Nueva España cuando llegaban órdenes reales: “acátese pero no se cumpla” y así fue por 300 años.
Los ejercicios de memoria y perdón tienen propósitos de reconciliación, de establecimiento o restablecimiento de relaciones sobre otras bases, sin resentimientos, odios, ni resabios. Por algo los sumos pontífices Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco lo hicieron en su tiempo, aunque rectificaron y pidieron perdón por hechos que tuvieron lugar fuera de su época; específicamente el Papa Francisco pidió perdón por el uso antiguo por parte de la Iglesia católica de métodos violentos para la evangelización y las imposiciones en América. Perdón, grandeza, historia.
En este contexto, y después de una primera reacción muy desafortunada, resulta alentador que el ministro de Asuntos Exteriores del gobierno español, José Manuel Albares, se haya referido a nuestra historia compartida en los siguientes términos: “Una historia muy humana y como toda historia humana, de claroscuros. Y también ha habido dolor; dolor e injusticia hacia los pueblos originarios a los que se dedica esta exposición. Hubo injustica, justo es reconocerlo hoy y justo es lamentarlo, porque eso es también parte de nuestra historia compartida y no podemos ni negarla ni olvidarla”.
Esto fue a propósito de la exposición que se inauguró en Madrid hace unos días, en el Instituto Cervantes: “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena. Historias tejidas”. Una muestra que permanecerá en cuatro sedes de la capital de España, hasta los primeros meses de 2026.
Plantear el perdón para los pueblos originarios y pedirlo, son acciones que efectivamente implican valentía pero también revelan la grandeza de quien lo hace. Perdón, grandeza, historia.

