Miguel Novak
Hay una frase de Jesús que durante muchos años me resultó difícil: «Amen a sus enemigos, hagan bien a los que los odian» (Lc 6,27). Pocas palabras del Evangelio son tan exigentes y, al mismo tiempo, tan fáciles de interpretar mal.
Con el paso de los años, a través de mis propias experiencias y de las de muchas personas que buscan vivir el Evangelio, este “mandamiento” de Jesús se me fue haciendo más claro.
Perdonar no significa declarar que el mal no fue mal, renunciar a la justicia, olvidar lo ocurrido ni restablecer automáticamente una relación. Mucho menos significa exponerse nuevamente a un abuso.
El perdón cristiano es, ante todo, una decisión interior: negarse a que la ofensa siga gobernando la propia vida y a que el odio transforme a la persona en aquello mismo que rechaza. Perdonar no es olvidar, llamar bueno al mal ni actuar por debilidad; es un acto libre y lúcido.
Puedo perdonar y, al mismo tiempo, denunciar, exigir reparación, tomar distancia y establecer límites firmes. La reconciliación es otra cosa: necesita de dos personas y solo puede crecer cuando quien hizo el daño reconoce su responsabilidad y existe una base para reconstruir la confianza.
Cuando el perdón abre una puerta
Hace algunos años conocí a Lucía, una joven hondureña cuyo padre fue asesinado cuando ella tenía apenas once años. El crimen quedó sin una respuesta judicial suficiente y aquella herida orientó su futuro: estudió Derecho buscando justicia por la muerte de su padre.
Años después comenzó a acercarse a personas que intentaban vivir concretamente el Evangelio. Sin embargo, continuaba odiando a los responsables de la muerte de su padre. Entonces pidió a Jesús que le enseñara a vivir precisamente aquello que parecía imposible: «Amen a sus enemigos».
Tiempo después, en su trabajo como abogada, se encontró con el jefe del grupo criminal responsable. A pesar de todo, hizo un gran esfuerzo, lo saludó con una sonrisa y le preguntó por su familia. Lucía comprendió que comenzaba a romperse no la memoria del crimen, sino el dominio que el odio ejercía sobre ella.
Junto con su hermano decidió visitar a otros miembros del grupo. No pretendían encubrir el asesinato ni disminuir su gravedad, sino testimoniar que, pese al mal cometido, seguían viendo en ellos seres humanos amados por Dios.
Uno de aquellos hombres reconoció que había participado en el crimen, les pidió perdón y les pidió también que rezaran por él y por su familia.
El perdón no borró el pasado; abrió una puerta al arrepentimiento. Allí llegó a convertirse en reconciliación.
Perdonar sin reconciliarse
Con María, una amiga venezolana y madre de familia, sucedió algo diferente. Su hijo murió asesinado durante un robo. Después de aquello, su vida perdió sentido y experimentó una profunda amargura y un odio difícil de superar.
Buscando ayuda, comenzó a participar en un grupo donde se meditaba el Evangelio. Un día escuchó las palabras de Jesús: «Amen a sus enemigos». Su reacción fue casi inevitable: ¿cómo podía perdonar a quien había matado a su hijo?
La frase quedó en ella como una semilla. Poco a poco comprendió que perdonar no disminuía la gravedad del asesinato: significaba decidir qué iba a hacer con el odio que había quedado dentro de ella.
Tiempo después, el asesino fue detenido y ella tuvo que encontrarse cara a cara con él. El encuentro fue duro. Sin embargo, descubrió que podía mirarlo sin odio ni deseo de venganza. Sentía dolor, pero también compasión. Decidió confiarlo a la misericordia de Dios y rezar por él.
No se hicieron amigos ni reconstruyeron una relación. Y precisamente por eso esta experiencia resulta importante: el perdón había ocurrido, aunque no hubiera reconciliación.
Recordemos también el ejemplo de san Juan Pablo II, quien fue a la cárcel y perdonó al hombre que había intentado asesinarlo.
El “borrón y cuenta nueva” puede negar la realidad y facilitar que el abuso se repita. El perdón de Jesús, en cambio, mira al mal de frente, lo llama por su nombre y se niega a devolverlo con otro mal.
A veces el perdón puede reconstruir una relación; otras veces exige mantener la distancia. Pero siempre intenta algo extraordinario: impedir que el mal tenga la última palabra y, como dice san Pablo, vencer el mal con el bien.
