
Pbro. José Marcos Castellón Pérez
Muchos han levantado su voz crítica para pedir que las mujeres puedan tener el acceso al sacramento del Orden, hasta ahora reservado a los varones, arguyendo que se trata de una reivindicación de derechos legítimos. El Papa Francisco aclaraba muy bien, que estas voces no pueden ser desestimadas ni eludidas superficialmente, pero también reconoce que la cuestión puede ser muy conflictiva si se identifica demasiado la potestad sacramental con el poder. El Papa consideraba que se debe de dar el lugar que corresponde al sacramento del Orden como ministerio, es decir, como servicio y no como dignidad que otorga una superioridad sobre otro, pues el sacramento que más nos dignifica es el del Bautismo. Por otra parte, reconocía que en la Iglesia una mujer: la Virgen María, juega un papel muchísimo más importante que cualquier Presbítero, Obispo e incluso el Papa. Esto no quita, decía el Papa, “ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia” (EG 103).
Más allá del ministerio presbiteral, la mujer juega de por sí un papel preponderante en la vida de la Iglesia, pues además de ser mayoría, los agentes más comprometidos de pastoral son mujeres; sin dejar de señalar la importancia que tienen las madres de familia en la transmisión y en la vida de la fe y en el ejercicio del apostolado en el seno de la familia. Sin lugar a dudas, quienes tienen ese carisma y tacto, esa sensibilidad materna de engendrar a Cristo en el corazón de las nuevas generaciones, son las mujeres.
A lo largo de la historia de la Iglesia innumerables mujeres han testimoniado su fe y han alcanzado la cima de la santidad; incluso a algunas de ellas se les ha reconocido, amén de la santidad de vida, el invaluable aporte a la ciencia teológica por su erudición, dándoseles el título de doctoras de la Iglesia: Catalina de Siena, Teresa de Ávila, Teresa de Liseux e Hildelgarda de Bingen. También han sido incontables las mujeres testigos de Cristo en el heroico derramamiento de la sangre martirial y en la consagración de su vida en la virginidad. En la vida consagrada las mujeres sobresalen tanto por su número, como por su entrega en el trabajo con las personas más vulnerables.
Sin embargo, es triste constatar que en pleno siglo XXI todavía hay mujeres, dentro y fuera de la Iglesia, que no viven conforme a su alta dignidad y ven vulnerados sus más fundamentales derechos humanos y cristianos. El desprestigio moderno de la maternidad actual va generando sentimientos de orfandad en la sociedad, lo que lleva a un riesgo gravísimo sobre el mundo. A este tenor, hemos de dar razón de que falta aún mucho por reconocer y valorar el papel de la mujer en la Iglesia, pues como los discípulos el día de la resurrección, todavía algunos no les creen a las mujeres porque, como en ese entonces, su participación y compromiso activo y responsable “les parecían desatinos” (Lc 24,11).
