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PERIPHERIA: Pena de muerte

por Gabriela Ceja Ramirez
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Pbro. José Marcos Castellón Pérez

El mismo día, el 24 de abril pasado, se dio una nueva confrontación de la administración Trump con el Papa León XIV. Mientras el gobierno norteamericano de Trump intensifica su política en torno a la pena de muerte, el Papa León llama a reconsiderarla y conmutarla por la cadena perpetua u otras penas que garanticen los derechos humanos de los condenados, así como la custodia del orden social y los derechos mismos de las víctimas.

El excéntrico presidente Trump, mientras criticaba agriamente al anterior presidente estadunidense, Baiden, por transmutar la pena capital por cadena perpetua a 37 condenados a muerte, anunció su deseo de agilizar la pena de muerte de 44 condenados por delitos federales y utilizar medios que estaban ya constitucionalmente prohibidos en la mayoría de los Estados de la Unión como el uso de pelotón de fusilamiento, la cámara de gas y la utilización de pentobarbital, causante de dolores similares a una muerte por ahogamiento.

Las razones que arguye el gobierno derechista de Estados Unidos, que se proclama provida, es el de disuadir a los delincuentes, hacer justicia a las víctimas y como parte de cierre del duelo de los sobrevivientes. Las preguntas más que obvias es que, si en realidad, son razones convincentes y si no se podrían poner a consideración los errores en las investigaciones o de juicio que se pudieran tener, como en todos los tribunales humanos, que lleven a la condena a un inocente; por ejemplo, con la xenofobia de Trump, pudiera el origen étnico ser motivo de presión a los jueces para proceder a la pena capital. Por otra parte, habría forma de que los delitos más graves sean castigados con penas como la cadena perpetua u otras que puedan garantizar los derechos humanos que nunca se pierden por ningún motivo.

El Papa León XIV, por su parte, en un videomensaje a los participantes de la celebración del decimo quinto aniversario de la abolición de la pena de muerte en el Estado de Illinois, ratificó la doctrina fundamental de la antropología cristiana: «toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, es sagrada y merece ser protegida», agregando que sólo las sociedades que tutelan esta sacralidad de la vida humana pueden florecer y prosperar. Citando al Catecismo de la Iglesia Católica, subrayó que la pena de muerte es moralmente inadmisible porque atenta contra la inviolabilidad y dignidad de la vida humana; dignidad que no se pierde por ningún motivo, ni siquiera por crímenes horrendos. El Papa no dice que se deba abolir las penas judiciales, sino buscar cuáles de estas pueden ayudar a conservar el orden social, la justicia a las víctimas y el respeto a la dignidad humana del delincuente.

Esta confrontación exhibe una vez más la incapacidad de compasión de un presidente que tiene megalomanía y que no tiene otro interés que el suyo. Qué lejos estamos de que el mundo sea gobernado por la sabiduría y sensatez que adornan al Papa.

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