PBRO. GIOVANNI CAMARILLO
Cada Cuaresma la Iglesia nos llama a volver al corazón del Evangelio con mayor hondura. Oración, ayuno y caridad no son prácticas aisladas, sino caminos concretos de conversión. En este contexto, al presentar el material pastoral que estamos ofreciendo para vivir este tiempo fuerte apoyados en la serie The Chosen, surge una inquietud legítima: ¿puede una producción que no es meramente católica, que se basa en el Evangelio pero que integra elementos dramáticos propios de una narrativa audiovisual, convertirse en una herramienta válida para reflexionar y acercarse a Dios?
La respuesta, desde una mirada pastoral prudente y eclesial, es sí, siempre que se utilice con discernimiento. La Iglesia ha reconocido a lo largo de su historia que todo lo verdadero, bueno y bello puede ser camino hacia Dios. Una serie como The Chosen no sustituye la Sagrada Escritura ni la vida sacramental; tampoco pretende ofrecer una catequesis exhaustiva. Su valor radica en su capacidad de hacer visible, a través del lenguaje narrativo, la fuerza transformadora del encuentro con Jesucristo.
La clave está en comprender que el centro no es la producción audiovisual, sino el Señor. El Evangelio sigue siendo la norma suprema. Sin embargo, cuando una historia logra presentar con respeto la figura de Jesús y resaltar el proceso humano de quienes fueron llamados por Él, puede convertirse en una mediación pedagógica que ayude a muchos a redescubrir la frescura de la llamada.
UNA MIRADA HUMANA
Uno de los mayores aciertos de la serie es el papel que otorga a los apóstoles desde su humanidad concreta. No aparecen como héroes impecables, sino como hombres atravesados por miedos, límites y conflictos. Y es precisamente ahí donde la Cuaresma encuentra un espejo. Simón Pedro, por ejemplo, no es presentado únicamente como el futuro príncipe de los apóstoles, sino como un pescador agobiado por problemas económicos, presionado por las deudas y por la incertidumbre. Es en esa fragilidad donde el Señor irrumpe con el poder de la pesca milagrosa. El signo no solo resuelve una necesidad material; toca el corazón y abre un camino de seguimiento. Pedro no es llamado desde la perfección, sino desde la necesidad. Y así nos llama también Cristo hoy.
Lo mismo sucede con María Magdalena. La serie la muestra profundamente herida, alejada de Dios, atrapada en una existencia marcada por la oscuridad. Su encuentro con Jesús no es un detalle superficial, sino un verdadero acontecimiento de salvación. La mirada del Maestro la rescata, la nombra y la devuelve a la vida.
Esta representación, aunque dramatizada, ayuda a comprender que nadie está definitivamente perdido cuando se deja encontrar por Cristo. En Cuaresma, contemplar este proceso puede ser ocasión para que muchos reconozcan sus propias cadenas y permitan que el Señor pronuncie nuevamente su nombre.
También los enfermos y los desconocidos ocupan un lugar central. Aquellos que en el mundo antiguo eran marginados o considerados impuros, frente al actuar misericordioso de Dios se incorporan a la comunidad de los elegidos. No solo reciben una curación física; recuperan dignidad y pertenencia. La comunidad que nace alrededor de Jesús no es un grupo de perfectos, sino una asamblea de salvados. Esta dimensión eclesial es profundamente significativa para el tiempo cuaresmal: todos somos convocados, todos somos sanados en proceso, todos somos enviados.
UNA NARRATIVA DIFERENTE
¿Hay elementos dramatizados? Sin duda. ¿Existen licencias narrativas? También. Pero la pregunta fundamental no es si cada diálogo corresponde literalmente a un versículo, sino si la historia conduce a un encuentro más profundo con el Cristo del Evangelio. Cuando la serie se acompaña de la lectura bíblica, de la reflexión guiada y de la oración, se convierte en un punto de partida para la conversión.
Por eso, el material que estamos ofreciendo para esta Cuaresma no propone simplemente “ver una serie”, sino vivir un itinerario espiritual: contemplar un capítulo, confrontarlo con la Palabra, dialogar en comunidad y dejar que el Señor ilumine las propias sombras. La pantalla puede ser una puerta; el destino es siempre el encuentro con Jesús.
En un mundo saturado de contenidos superficiales, utilizar con discernimiento una herramienta que pone en el centro la figura de Cristo puede ser una oportunidad providencial. La Cuaresma es tiempo de volver a lo esencial. Si The Chosen nos ayuda a reconocernos en Pedro, en María Magdalena o en los enfermos sanados; si nos mueve a la confesión, a la oración y a la Eucaristía; si despierta el deseo de seguir a Jesús con mayor radicalidad, entonces habrá cumplido su cometido.
No se trata de reemplazar la fe, sino de avivarla. Y en este camino hacia la Pascua, toda mediación que nos conduzca al Señor, vivida en comunión con la Iglesia, puede convertirse en instrumento de gracia.



