PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ
Una de las obligaciones principales de todo gobierno es garantizar la seguridad de los ciudadanos, sea en sus personas como en sus bienes; de hecho, se afirma que el Estado es el único que tiene el monopolio de la violencia, a fin de utilizarla, siempre por medios legítimos y legales, contra quienes atentan contra la seguridad de cualquier ciudadano. Así mismo, todo ciudadano tiene derecho a recibir la seguridad, en todos los ámbitos, de parte del Estado.
Por desgracia, en México, hace ya más de cinco décadas el crimen organizado ha cooptado la seguridad ciudadana por medio de la corrupción a políticos, policías y militares. Esto no es una suposición, pues lo ha confesado desde Estados Unidos el famoso líder de narcotraficantes, el “Mayo Zambada”. Es algo que todos sabíamos, pues con un poco de sentido común se podría deducir el crecimiento y fortaleza del crimen organizado gracias a la corrupción.
El problema en la actualidad, con el cambio de gobierno, que no llega a ser una verdadero cambio de régimen, es que no se termina de resolver el problema por la simple razón de que se ha concentrado más en la búsqueda de ver quién es más culpable: si Genaro García Luna o Hernán Bermúez Requena; quién es más cómplice: si Felipe Calderón o Adán Augusto López; si el pacto fue con los gobiernos prianistas con la violencia de Estado o con el de López Obrador, con sus brazos alzados para los abrazos a los criminales. Y mientras son peras o son manzanas, los ciudadanos son los que pagamos las consecuencias de la corrupción, las mutuas culpas y la irresponsabilidad de los gobiernos, de todos los gobiernos, pues ninguno ha querido solucionar el problema. Quizá ahora un poquito más por las presiones arancelarias de Estados Unidos.
El fenómeno del crimen organizado es la punta de iceberg, porque la cuestión de la violencia es mucho más profunda y grave, convirtiéndose en la manera como nos estamos acostumbrando a resolver los conflictos entre nosotros. Esto a todos los niveles; por ejemplo, desde el púlpito de la “mañanera” presidencial el oficio de comunicación es sesgado, hace juicios sumarios, descalifica a adversarios y genera un clima de polarización en la sociedad. En la política, que es el arte de resolver los conflictos con el diálogo, se deja mucho que desear, porque la forma de ejercerse es violenta, manifiesta por los golpes injustificados que “Alito” le propinó a Noroña, pero este último es rijoso, confictivo, un “machito” en la política; acostumbrado a “tirar la piedra y esconder la mano”. Si así son los “políticos”, ¿qué ejemplo nos dan a los ciudadanos?
Es urgente generar una cultura de la paz, del diálogo. Es cierto que para ello se necesita humildad de todos, especialmente de los que tienen un cargo que exige liderazgo social. Dejar de echar culpas y trabajar juntos para que podamos construir el México en el que salir a la calle sea garantía de regresar a casa sano y salvo.
