SERGIO PADILLA MORENO

Cada 22 de noviembre, la memoria de Santa Cecilia invita a contemplar la música como una forma de oración. Según la tradición, ella “cantaba en su corazón al Señor”, recordándonos que la auténtica música espiritual nace del silencio interior. En un mundo saturado de ruido, la espiritualidad musical que encarna Santa Cecilia nos llama a escuchar con el alma: a reconocer que la belleza puede sanar, unir y elevar. La música, cuando brota de la verdad del corazón, no es un adorno de la fe, sino una forma de revelarla.
En la escena que marca el clímax de la magnífica película de Jean-Louis Livi, Tous les matins du monde (Todas las mañanas del mundo) -dirigida por Alain Corneu-, el personaje del compositor y virtuoso ejecutante de viola da gamba, Sieur de Sainte Colombe, le expresa al también compositor y antiguo discípulo suyo, Marin Marais, uno de los más sinceros acercamientos teóricos sobre la música: “La música existe para decir cosas que las palabras no pueden, lo cual se debe a que no es enteramente humana”

Otra bella imagen, que penetra el sentido de la música, es lo que expresa el protagonista de la extraordinaria novela La hermana, del escritor húngaro Sándor Márai, quien es un afamado pianista que va enfrentando la terrible circunstancia de padecer una enfermedad que se presentó de súbito, la cual, además de poner en peligro su vida, le impide volver a tocar. En medio de las propias y hondas reflexiones sobre su gran pasado como virtuoso y su vida para la música, llega a constatar existencialmente que:
“La música tiene más fuerza que el beso, que la palabra, que el tacto. Lo que uno ya es incapaz de contar con el cuerpo y el espíritu, termina contándolo con música…La música es un lazo impersonal entre el hombre y el universo, un vínculo inmaterial.”
A partir de estos dos acercamientos a la realidad profunda de la música -que nos hacen constatar que estamos ante un misterio- surgen varias preguntas: ¿podemos saber en qué consiste dicho misterio? ¿Por qué este arte ha tenido, a lo largo de la historia, un lugar de privilegio en todas las culturas? ¿Por qué la música ha sido vehículo prácticamente universal para acompañar los diversos estadios de la vida humana? Ante el misterio de la música, filósofos, teólogos, escritores y artistas de todas las disciplinas han tratado de desentrañar su esencia, y ante lo complejo de la empresa, simplemente se han dejado seducir por ella.

Santa Cecilia es conocida principalmente como la patrona de la música y los músicos, y su festividad se celebra el 22 de noviembre. Fue una Mártir romana del siglo III, venerada por su fe cristiana durante una persecución. Su historia incluye relatos de que mientras sonaban los músicos en su boda, ella “cantaba en su corazón al Señor”
Lenguaje de amor

Ya sea en los diversos actos litúrgicos de la Iglesia, o en el modo de vivir ciertos tipos de espiritualidad, hombres y mujeres de fe han encontrado en la música algo más que un arte al servicio del culto o del simple disfrute estético. A manera de ilustración de lo dicho, veamos algunos breves testimonios de varios teólogos quemanifestaron su pasión por la música; no en todos los casos se hace referencia explícita a la sacra o religiosa, pero se deja entrever la acción misma de los diversos géneros de la música en la vida de estos testigos de Dios.
El Sacerdote español José Luis Martín Descalzo, escribió en dos de sus famosos artículos publicados en el periódico ABC, lo siguiente:
Me he preguntado muchas veces a mí mismo qué es lo que tiene la música (me refiero a la buena; a la única que merece ese nombre) que, cuando la escucho, me produce algo muy diferente del placer, o, al menos, algo muy distinto de todos los demás placeres de este mundo. Oír buena música, efectivamente, no es sólo “disfrutar” como cuando se come un helado o se contempla un paisaje hermoso, o cuando el cuerpo se chapuza en una playa templada. El “placer” de la música es otra cosa, es muy diferente y superior. Es algo que, literalmente, no es de este mundo. ¿Cuántos trozos de mi alma debo a Bach o a Mozart?
A partir de algunos textos personales, Pedro Barrajón nos da un testimonio sobre la pasión musical de Hans Urs Von Balthasar, una de las mentes teológicas más brillantes del siglo XX:
La ocupación primordial de los primeros años antes de entrar en el bachillerato era la música. Desde las primeras impresiones musicales hasta la Misa en mi bemol mayor de Schubert, desde los cinco años y hasta la Patética de Tchaikovski, a los ocho años, dediqué un número infinito de horas al piano”. Se sabía de memoria numerosas obras de Mozart y este gusto musical le duró durante toda su vida. En la escuela benedictina de Obwalden, en la cual comenzó a estudiar a partir de 1917, sigue cultivando su pasión por la música. Estos contactos con la música y la literatura influirán no poco en su teología para la que tratará de recuperar el trascendental de la belleza y la relación de Dios con el hombre.

En sus memorias, el famoso teólogo suizo Hans Küng nos comparte:
¿Qué sería, de todos modos, trab a j a r s i n música, que hace espíritu los sentidos y sentidos el espíritu? […] La música calienta mi corazón y mantiene lúcida mi cabeza. Igual que mi amplia biblioteca, en mi colección de discos, ordenados cronológicamente –desde el gregoriano hasta la clásica moderna-, he invertido mucho tiempo y dinero. De la renacentista, barroca, clásica o romántica, según mi estado de ánimo, me gusta escuchar música más tranquila e intimista, más viva y alegre o dramática y patética.
El musicólogo español Federico Sopeña, nos habla en un texto titulado “Las mañanas musicales del teólogo Barth”, sobre la pasión que el famoso teólogo protestante Karl Barth tuvo por la música:
Con esa Barth su ignorancia en técnica musical, su postura de simple aficionado, marcando su preferencia por el disco sobre el concierto, que le permite comenzar la jornada con música. “Gracias a la intervención del gramófono, al cual nunca daremos las suficientes gracias, oigo Mozart cada mañana desde hace muchos años, y sólo después me pongo a trabajar en la Dogmática.”
El jesuita español Carlos G. Vallés, conocido por lo prolijo de su pluma, nos comparte en su libro de carácter autobiográfico:
La música es también parte de mi ser. El placer de sentir nacer la música bajo mis dedos (llegué a dominar desde las sonatas de Mozart hasta los estudios de Chopin) ha sido una de las experiencias más profundas, duraderas y formativas de mi vida. Una vez jesuita aprendí el órgano –y disfruté el gozo casi esotérico de tocar Bach al órgano-. Y en viajes múltiples he tenido el interés y la suerte de oír a las mejores orquestas del mundo, lujo que nunca he rechazado cuando se ha presentado la ocasión.

Finalmente, traigo a colación el testimonio del Dr. Mario Sabán, reconocido profesor, investigador y divulgador de la cábala o mística judía, quien ha compartido en varias ocasiones que, en los momentos en que necesita inspiración para investigar, preparar alguna de sus clases o escribir, escucha música del periodo barroco. Esto se debe a que la música barroca nace del asombro ante el complejo orden y el misterio que estudia la cábala. Su ritmo continuo, su equilibrio y su tensión interior despiertan un impulso creador, una claridad que no proviene del ruido, sino de la proporción y la belleza; basta escuchar a J. S. Bach para constatarlo.
