Hermanas y hermanos en el Señor:
Les agradezco, señores Párrocos, el Año Sacerdotal que está iniciando en esta Iglesia diocesana con motivo del aniversario 50 de mi ordenación presbiteral.
Que este año nos alcance la gracia de una verdadera renovación en nuestro ser sacerdotal, en nuestra vocación y en nuestro ministerio y, al mismo tiempo, que juntos trabajemos por una promoción vocacional más organizada y consolidada para el sacerdocio ministerial.
La vida de los santos siempre arroja luz sobre nuestra vida, nuestra vocación y nuestro ministerio. Siempre aportan luces que nos motivan a vivir con mayor plenitud nuestra vocación sacerdotal. Es el caso del Santo Cura de Ars, su Patrono.
Cuando nos detenemos en alguna de sus prácticas espirituales, como la oración, el ayuno, su estilo de vida (pobreza y desprendimiento); cuando nos detenemos a contemplar esta figura nos sentimos motivados e invitados a llevar nuestro sacerdocio a la cima de nuestra vocación, que es la santidad.
Quiero decirles, queridos Párrocos, que sobre sus hombros y sobre su ministerio (no es exagerado decirlo) pesa todo el trabajo misionero y evangelizador de nuestra Iglesia Diocesana. Es una verdad, es una realidad.
Sobre ustedes pesa llevar adelante nuestro Plan Diocesano de Pastoral, sobre ustedes pesa la responsabilidad de animar, motivar e instruir a los laicos para que nuestro Plan Diocesano sea una realidad.
Sobre ustedes pesa la encomienda de hacer crecer, de influir y de integrar a los Sacerdotes Vicarios, hermanos suyos.
Sobre ustedes pesa la marcha de la comunión en las Parroquias y en los Decanatos. En fin, sobre ustedes pesa todo el trabajo de la vida eclesial diocesana. No es una exageración, es un hecho, que quiero reconocer, agradecer e impulsar.
En este sentido, les digo que nunca debemos perder de vista la esencia de nuestro ser y de nuestro quehacer. Es fácil que pensemos y actuemos solo como gerentes, como meros organizadores y ejecutores de la vida misionera en nuestro territorio parroquial, pero no debe ser así, sino que debemos mantener la esencia de lo que somos.
Repasemos, entonces, el triple ministerio que se nos ha confiado por la ordenación sacerdotal. El Sacerdocio no es un ejercicio de organización parroquial, como si fuera solo un encargo para que la Iglesia funcione.
Es Cristo, que a su Iglesia le concede el Sacerdocio común de los fieles por el Bautismo, pero también Él es el que escoge, llama y consagra el Sacerdocio ministerial para que lo representemos y actuemos en su persona, cabeza de su Iglesia.
Esta realidad el Señor nos la participa en el Sacramento del Orden, en la consagración sacerdotal se nos da esta gracia de ser, en persona de Cristo, cabeza de la comunidad que se nos confía.
Es, pues, un servicio que proviene directamente de Jesucristo, es un don, es una gracia, es un Sacramento. Por lo tanto, no debemos olvidar cómo se ejercita, cómo se debe llevar a la práctica esta gracia de hacer presente a Cristo.
Primero, por el servicio a la Palabra, a la predicación, al que le dio Jesús un lugar preponderante en su vida pública. Iba predicando el Reino en todas partes y a todas las personas. El ministerio de la predicación se nos confía directamente. (Continuará)
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
