
Desde el Corazón
QUERIDA LUPITA:
Me siento desesperada. Mis hijos adolescentes están incontrolables, mi esposo vive de mal humor. La situación política y económica me llena de incertidumbre. Siento que no vivo la vida, sino que la vida me vive. Es como si estuviera corriendo sin un destino definido. Estoy confundida. Necesito ayuda. Ma. Guadalupe G.
HERMANA MÍA, LUPITA:
Estamos viviendo una especie de epidemia de ansiedad y depresión. Esta sensación de confusión, de ir a ninguna parte, puede surgir de la cultura de la inmediatez.
Las tecnologías nos han sumergido en la idea absurda de que todo puede conseguirse enseguida y sin esfuerzo. Entregamos nuestro tiempo a vidas virtuales y descuidamos la vida real.
Detengámonos a considerar el fin de nuestra existencia. Respondamos con honestidad: ¿para qué estamos aquí? No podemos seguir en una carrera cuya meta final desconocemos.
Retomemos los conceptos fundamentales: mi valor como persona, el sentido de hacer familia, el anhelo del cielo que está inscrito en nuestros corazones. “Quien tiene pasión, tiene paciencia”. La pasión nos llena de vitalidad, nos entusiasma. Tiene que ver con tener un interés verdadero y profundo por una causa o ideal.
Como padres, cuando nos apasiona la educación de nuestros hijos, sabemos esperar con paciencia el resultado. Sabemos que todo lleva su tiempo y la espera es parte del proceso. Y ocurre lo mismo en cualquier papel que desempeñemos: como padres, hijos, cónyuges, amigos, creyentes, etcétera.
Cuando nos apasiona la vida, sabemos que el esfuerzo lleva a la cumbre y nos empeñamos en ejercerlo, aunque cueste. Cuando llega la dificultad, nos preparamos para enfrentarla. La pasión nos impide colocar nuestra mirada en el obstáculo y verlo tan grande como infranqueable. La pasión nos determina a hacer manejable cualquier inconveniente y a trabajar en vencerlo, aunque implique tiempo y esfuerzo.
Hay una pasión tóxica que no es virtuosa: la obsesión. La pasión a la que me refiero es la que genera armonía en nuestra vida. Si nos estamos desesperando, estamos perdiendo la esperanza. Y la falta de esperanza llega cuando perdemos nuestra pasión por vivir. Hagamos un alto y reflexionemos: ¿cuáles son nuestros ideales¿, ¿por qué o por quién somos capaces de luchar hasta el fin? Miremos alto y lejos, que, colocando nuestros ojos en el cielo encontremos en Dios nuestra pasión.
Lupita Venegas/Psicóloga
Facebook: lupitavenegasoficial

