Hermanas y hermanos en el Señor:
El Papa nos invita a que, en este clima de guerra, no solo a nivel global sino local, como creyentes, en el Año Jubilar 2025, promovamos la esperanza en un mundo carente, que nos convirtamos en agentes constructores de paz y de esperanza.
Comenzando por nuestra paz interior, en nuestras comunidades y en la Iglesia.
Otro tema que el Santo Padre señala es el de la vida, que registra un deterioro grave. Pensemos, por ejemplo, en las adicciones. ¡Cuántos jóvenes, cuántas familias encontramos marcados por la vida destrozada a causa de esto! Potenciar el amor, el cuidado y el respeto a la vida, hace crecer la esperanza.
Pensemos en los ancianos, en aquellas personas que viven solas, que ya no son tomados en cuenta ni por la familia, que los tienen abandonados en sus casas o los depositan en asilos, como si ya no existiera más para ellos.
Además, están los migrantes, los deportados, los desplazados, los que buscan un mejor estado de vida. Todos estos sectores son susceptibles de que les alentemos la esperanza.
Pongamos atención en que la esperanza nos nutre a cada uno como discípulos de Jesús, pero al mismo tiempo nos lanza a que la sembremos en todos los hermanos que vamos encontrando en el camino.
Por sus distintos carismas, los religiosos tienen la oportunidad de tocar a las personas de los sectores más sensibles a la pérdida de esperanza (por la salud, la pobreza, la orfandad, la educación, etcétera).
¿Qué experimenta un anciano abandonado por su enfermedad o por falta de higiene? Piensa que, así como lo abandonó su familia, lo abandonó Dios. Pero cuando una mano caritativa se les acerca, y escuchan una palabra de aliento, cuando recibe ayuda de acuerdo a sus necesidades, le surge de nuevo la esperanza.
Dios nos envía a que hagamos presente su providencia en esas personas.
Por otra parte, el Papa ha insistido en las características de lo que debe ser la Iglesia.
Por ejemplo, debe estar siempre “en salida”. Se trata de una imagen de lo que debe ser la Iglesia, que no esté encerrada en sus tradiciones o estructuras. Necesita salir para conocer, escuchar y descubrir qué necesidades tiene el hombre de hoy, y contribuir a solucionarlas.
Iglesia samaritana. Debemos ver y ubicar al hermano que se encuentra en el camino de nuestra vida para prestarle atención. Debemos estar siempre en acción, en servicio y cuidado de las personas más necesitadas.
Iglesia sinodal. No cada uno por su lado, sino caminando juntos, de la mano de Jesús.
Por eso, los invito a que piensen qué actitudes y qué acciones nos hacen ver, verdaderamente, como “Iglesia en salida”, una Iglesia que no es autoreferencial, y ver qué estamos aportando para ello.
Lo mismo, hay que analizar lo que estamos haciendo en cada congregación religiosa para ser una Iglesia samaritana. Con qué calidad estamos tratando a los necesitados. Se pueden puntualizar bien los gestos, las actitudes y las acciones que manifiestan o no que estamos siendo una Iglesia en comunión, en misión y “en salida”.
No solo se trata de evaluarnos, sino de renovarnos como creyentes, como consagrados y como Iglesia.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
