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Reliquias

por Michelle Fletes Rubio
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En la Iglesia Católica, una reliquia es un objeto o fragmento del cuerpo de un santo que se venera por su santidad. También se consideran reliquias los objetos que han sido santificados al tocar el cuerpo de un santo. La costumbre cristiana de venerar reliquias tiene a sus espaldas siglos de historia.
Con estos objetos muchos bautizados recuerdan a hombres y mujeres de todos los tiempos que han testimoniado, de modo especial, su amor a Cristo y su fidelidad a la fe. Del 20 de enero al 3 de febrero, una reliquia de san Judas Tadeo estará exponiéndose en varias Parroquias y lugares de la Arquidiócesis de Guadalajara, motivo por el cual los católicos deben conocer, aunque sea de forma breve, algo de la historia al respecto.
Ya en los primeros siglos de la era cristiana fueron redactados testimonios que muestran el respeto hacia restos mortales u objetos de diverso tipo, especialmente de mártires. Cuando el Obispo de Esmirna, san Policarpo, sufrió el martirio (siglo II), algunos cristianos recogieron sus huesos y, según un documento de la época, los consideraron más valiosos que el oro o que las piedras preciosas. En otros lugares, y mientras duraban las persecuciones, los cristianos veneraban las tumbas de los mártires, celebraban su memoria, y trataban con respeto sus restos mortales, como auténticas “reliquias” del heroísmo de quienes dieron la propia vida por mantener su fe en Jesucristo salvador.
A mediados del siglo IV, un escritor afirmaba que en muchos lugares de los territorios del Imperio romano había reliquias de la Cruz de Cristo, que habría sido encontrada, según se creía, hacia el año 318. La veneración de las reliquias en tantos lugares mostraba la existencia de una fe profunda en los bautizados, pero no estuvo exenta de excesos o abusos. Pronto se difundieron ideas equivocadas sobre el carácter milagroso de ciertas reliquias.

San Jerónimo afirmaba claramente que no adoramos las reliquias de los mártires, sino que a través de ellas adoramos a Aquel (Dios) por quien fueron mártires. En el Concilio II de Nicea, 787, al hablar sobre las imágenes sagradas y otros objetos de culto, se condenó la postura de quienes despreciaban tradiciones de la Iglesia y rechazaban “alguna santa reliquia de un mártir”. El Concilio IV de Letrán (en el año 1215) publicó un texto severo contra ciertos abusos respecto del uso de reliquias.
A causa de la Reforma protestante, el Concilio de Trento, el año 1563, aprobó un importante decreto, en el que se decía: “a todos los Obispos, y demás personas que tienen el cargo y obligación de enseñar, que instruyan con exactitud a los fieles ante todas cosas, sobre la intercesión e invocación de los san tos, honor de las reliquias, y uso legítimo de las imágenes, según la costumbre de la Iglesia Católica y Apostólica, recibida desde los tiempos primitivos… Los santos que reinan juntamente con Cristo, ruegan a Dios por los hombres… es bueno y útil invocarlos humildemente, y recurrir a su intercesión y auxilio para alcanzar de Dios los beneficios por Jesucristo su Hijo. Las reliquias, que sirven para recordar a los santos, no son objetos mágicos, sino que se relacionan directamente con los santos en cuanto intercesores”.
Finalmente, el Catecismo de la Iglesia Católica, del año 1993, alude a las reliquias al referirse a las diversas formas de devoción popular, sin excluir la costumbre de llevarlas a los enfermos para confortarles y dar más valor a sus súplicas para obtener la curación, se deben realizar con gran dignidad y por un auténtico impulso de fe. En Ocotlán, a donde llegará en primer lugar la reliquia de san Judas Tadeo, tienen muy bien pensado el que ancianitos y enfermos sean los primeros en alabar a Dios y venerar a uno de los discípulos de Jesús. Y ¡cuánto más se puede decir de los santos mártires mexicanos!

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