Pbro. Adrián Ramos Ruelas | Seminarista
Jesús Adolfo González Castillo
segundo de Teología

Al celebrar el 25 de enero la fiesta de la conversión de san Pablo, en el marco del Año Jubilar que estamos comenzando, haremos esta semana una breve semblanza de cuatro hombres de Dios que a lo largo de la historia han vivido una radical experiencia de conversión. Ya lo ha dicho el Papa Francisco: “La iglesia no es una vitrina de perfección, sino un taller de restauración para gente rota”.
1) SAN PABLO.
Tres veces se narra en el libro de los Hechos de los Apóstoles su ejemplar conversión (capítulos 9, 22 y 26): un judío, perseguidor de los cristianos, es alcanzado por Jesús, el Señor, en su camino a Damasco. Las famosas palabras: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” fueron ocasión de cambio de vida y dirección. El Señor mismo le encomendó lo que tenía qué hacer. Se hizo Bautizar e instruir. Se preparó para la gran misión de anunciar a Cristo entre los gentiles y ganó mucha gente para el Señor.
2) SAN AGUSTÍN.
Uno de los más célebres conversos. Era tanto su deseo de alcanzar la verdad que la Verdad misma lo alcanzó. De corazón inquieto, de comportamiento licencioso, de orgullosa personalidad, hizo el Señor de él un gran humano, un gran cristiano y un gran Obispo, al darle a beber de la fuente de la Sagrada Escritura con la moción que escuchó con atención: “Toma y lee”. Ahora se destaca por ser quizás el mejor teólogo que ha dado la Iglesia.

3) SAN FRANCISCO DE ASÍS.
La conversión de este apasionado joven italiano ha atraído a jóvenes que se inspiran en su testimonio de entrega radical al Señor, después del fracaso de las motivaciones materiales y los títulos honoríficos. El encuentro de Francisco con la cruz de san Damián fue una experiencia determinante: “Reconstruye mi Iglesia”. Sus grandes renuncias siguen siendo contadas. Su amor e identificación con Cristo sufriente ha dado vasta literatura a la historia de la espiritualidad.

4) SAN CARLOS DE FOUCAULD.
Este hombre francés, que vivió en libertinaje, primero alcanzó la gracia de vivir en la libertad de los hijos de Dios, con una vida apostólica muy fecunda. Recibió el don de la conversión tras su búsqueda espiritual que lo llevó a ingresar a una comunidad monástica, y luego al desierto del Sahara, donde compartió la presencia de Jesús con los más pobres y desamparados. Así se convirtió en el “hermano universal.
Como vemos: así como todo santo tiene un pasado de pecado; así, todo pecador tiene delante de sí un futuro de santidad.
ENSEÑANZAS
- La conversión es una gracia divina que el Señor concede a quien muestra deseos sinceros de encontrar la plenitud de vida.
- Se requiere reflexión, oración y un buen discernimiento para acoger el plan de Dios en nuestra vida.
- Dios se vale de fracasos, de personas, de enfermedades, de extravíos, para atraernos suavemente a su amor
