PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
Ya se venía acabando con prematura anticipación, por la precipitación social de adelantar la Navidad como si se tratase de un objeto de consumo cuya vida útil hay que alargar, apresurando su inicio o postergando su final.
Este fenómeno para nada ajeno a las ansias comerciales de ganancia y lucro, muestra de manera evidente la pérdida de virtudes que fueron siempre fundamentales para el sentido cristiano de la vida: la mesura, el equilibrio, la contención, la pedagogía del tiempo bien acotado, en su lugar ahora se instala la exuberancia, el encandilamiento, la ruptura de los tiempos específicos, la búsqueda del hartazgo, la supresión de los límites, una vorágine que destroza el sentido profundo de la celebración y acaba dejando en la periferia de la fiesta lo que debería estar al centro.
Ahora lo importante gira en torno a cuántas comidas, cuántas cenas, cuántas preposadas, cuántas posadas, cuántos regalos y qué tan buenos, cuántos bailes, cuántos antros, cuántos destinos vacacionales de ensueño, y en busca de este afán se acaba el aguinaldo, se endeudan las buenas personas hasta la siguiente Navidad, la gente se desquicia, junto con el tráfico y la economía, como si la Navidad se hubiese convertido en la cloaca por la que hay que desaguar frustraciones, complejos, ambiciones, rivalidades, tensiones, fatigas, neurosis, fracasos y melancolías
En los hogares donde todavía tiene cabida un “nacimiento”, su mensaje se trivializa, enmudece, es traicionado, y de algún modo sucumbe frente al lujo deslumbrante de los árboles de navidad, enormes, ampones, cayéndose de adornos cada vez más voluminosos y con luces tan rutilantes como las de un antro.
Desde luego que la mesura, la contención, la belleza de lo sencillo, son valores que solamente viven quienes asumen el mensaje profundo y trascendente de la Navidad, no quienes la convierten en un desahogo.
El Nacimiento histórico del Señor no fue una experiencia maravillosa, no lo es nacer en un establo, fuera del propio hogar, en una población ajena, con los recursos y ayudas de una familia de artesanos como era la suya, que acaso esa noche ni cenaron, y habrán comido lo que comían en ese tiempo los viajeros. Y un pesebre por muy romántico que nos pueda parecer, no es sino el comedero de los animales de establo.
Pero ¿cómo detenerse a reflexionar, en un mundo que ni siquiera quiere pensar? Las fiestas de Navidad se han vuelto un torbellino que arrastra a la gente desde hoy hasta pasado el 6 de enero, sin darles tregua para al menos darse cuenta de lo que están viviendo y el modo en que lo hacen.
Recordemos, la preparación para celebrar el nacimiento de Cristo inicia con el primer domingo de Adviento, se intensifica con la novena de Navidad, y concluye con la fiesta del bautismo del Señor. Esta memoria es sólo acontecimiento para quienes han experimentado la alegría de la salvación, y la transformación integral que trae consigo.
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