Hermanas y hermanos en el Señor:
El Evangelio nos presenta al Hijo único del Padre, que dejó su Casa para rescatarnos a nosotros, pecadores.
Ha venido a buscarnos, a los pecadores, a las ovejas perdidas. Jesús, nuestro hermano mayor, nos perdona, nos reconcilia, nos devuelve la vida. Este designio salvífico viene manifestado en el episodio en el que unos escribas y fariseos acusan a una mujer de haber cometido adulterio.
En un primer momento, los escribas y fariseos le ponen una trampa a Jesucristo. Pensaban que cualquier respuesta del Maestro lo iba a condenar. Si respondía que no la apedrearan, lo acusarían de estar en contra de la ley de Moisés.
Si hubiera estado de acuerdo en matarla, sería una persona cruel.
Pero no cayó en la trampa. Los acusadores se volvieron en acusados, porque sabían, en su conciencia, que no eran libres de pecado. Si les escarbaban a sus acciones, posiblemente hubieran quedado peor que la mujer que presentaban. Eran todavía más pecadores.
¿Qué pasa con nosotros a la hora de señalar, de acusar las faltas y los errores de los demás? ¿No somos -acaso- fáciles para acusar? ¿No somos rápidos para condenar a los que cometen errores?
Pero lo que puede ser más grave es que no nos fijemos en nosotros mismos. Nos debemos cuestionar, ¿nos revisamos?, ¿hacemos el esfuerzo de ver nuestra vida, nuestro comportamiento y nuestras faltas?
Por eso, no podemos ser jueces de los demás, porque no sabemos perdonar. Sabemos juzgar, sabemos sentenciar, pero poco sabemos perdonar.
Solo Dios juzga, solo Dios absuelve, solo Dios perdona porque solo Él está libre de pecado. Posteriormente, se quedaron solos la mujer y Jesús. Fijémonos cómo se dirige Cristo a la mujer. Le devuelve todo su valor original, así como se dirigía a su propia madre.
Jesús devuelve y rescata la dignidad no solo de la mujer, sino de todo aquel que ha cometido errores y pecados.
No deja de reconocer lo que es un pecado grave, digno de ser reprobado, pero merece la oportunidad del perdón.
Por grave que sea nuestro pecado, por escandaloso que sea, se puede perdonar, pero eso sí, hay que dejar de hacerlo, cuidarnos de no volver a cometerlo. Dios nos pide que con nuestra manera de vivir sepamos que existe la ley, pero que también existe la gracia. Que existe la justicia, pero también la misericordia. Anunciemos con nuestra vida que hay oportunidad de tener una experiencia nueva con Dios.
La Cuaresma ha sido un camino de revisión, de fijarnos en qué hemos fallado, en qué andamos mal, y si descubrimos que hemos estado, incluso, perdidos.
Si estamos alejados del amor de Dios, Él está dispuesto a hacer algo bueno con nosotros y por nosotros. Está dispuesto a hacer de cada uno una criatura nueva, que experimentemos su perdón y su misericordia, pero con la condición de que luchemos por no volver a pecar.
A los que van a misionar en esta Semana Santa les pido que lleven con su vida, con su mensaje y con sus actividades, la misericordia de Dios, que transmitan a cada persona esta sencilla frase: “Tampoco yo te condeno”. No vamos a misionar a condenar, sino a buscar la reconciliación de todos con Dios.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo.
