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SEMILLERO: Llamados a proclamar el amor de Dios

por Gabriela Ceja Ramirez
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RAÚL BENÍTEZ JAURGEUI

¿Alguna vez te has detenido a pensar si tu vida está destinada solo a estudiar, trabajar, casarte y morir?

Hoy quiero escribirte a ti, de joven a joven, y te escribo porque desde mi adolescencia, esta pregunta cimbró mi corazón y me hizo dudar por completo de mi lugar en el mundo ¿tengo que ir a donde todos me dicen que tengo que llegar? Por supuesto que no, yo he visto cómo muchos de los adultos se han equivocado por completo; he visto cómo se arrepienten de las decisiones que han tomado, siendo muchas de ellas imposibles de solucionar. Desde haber trabajado toda su vida sin derecho a una pensión, hasta no saber quiénes son y qué es lo que han hecho con su vida.

Que no te engañen, la pregunta por el sentido no es solo en una etapa concreta de la vida, y aunque estos cuestionamientos podrían sonar muy “cliché” no han dejado de tener valor, ni son menos importantes.

Por ello, si me permites, me gustaría decirte que hay otro camino, que sigue siendo la vocación del futuro, donde el tiempo no lo dañará, sino que lo confirmará, Aquel que nunca pasará, aquella vocación que se funda en el amor; amor sincero, amor real, amor a todos, amor que proviene de aquel que nos amó primero, en una palabra ¡Ser Sacerdote!

El mundo pasará, las personas morirán, niños nacerán, las personas se casarán y en todos esos momentos, en cada uno de ellos, siempre será necesario el Sacerdote, incluso, cuando parezca que no haya creyentes que casar, que no haya niños que bautizar por falta de fe, incluso en ese momento, habrá mayor necesidad de Padres que proclamen las maravillas que Dios ha hecho en nosotros.

La vocación sacerdotal a la que te estoy invitando es para que Cristo continúe viviendo entre nosotros, donde seamos ese signo de contradicción que el mundo necesita y así nuestra vida jamás será igual a la de otro, puesto que Cristo hará que nuestra vida sea única al conocer a Dios en el lugar privilegiado de sus discípulos, a los pies del maestro.

Te aseguro que solo allí, lo ordinario se volverá extraordinario, lo bueno se hará perfecto y el amor se hará verdadero amor de entrega como la del Maestro, quien te mira a los ojos y te dice: “Yo soy el amor que da sentido a tu vida” ¿Qué esperas? Atrévete a mirarlo.

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