Fragmento de una historia y datos para entenderla
CLAUDIA ROJAS SILVA
«A nadie le gusta hablar de esto, pero tenemos que hacerlo».
“Para recordar todo lo que sucedió he tenido que vivir muchas cosas. Casi todas me han hecho sufrir dos veces.
“No me di cuenta en qué momento dejé de disfrutar la sensación divertida de ser la única hija de una familia de cuatro. Tengo casi treinta y seis años… Las terapias me han servido para entender que no vivo una vida normal. No es normal que una mujer adulta siempre tenga miedo; no es normal que sea incapaz de relacionarme con las personas, especialmente con los hombres; no es normal que todo el tiempo esté pensando y que ni dormida deje de hacerlo… no es normal que en quince años haya intentado suicidarme en seis ocasiones.
“La última vez que sucedió, tenía semanas que sentía que me estaba volviendo loca. Cómo no hacerlo si no hablaba. No tenía la capacidad para expresar eso que me dolía porque no sabía qué era.
“Esa noche, una sensación de un dolor insoportable me atrapó con tan solo oler un químico que se le derramó a otro de mis hermanos. Tenía días que no podía dormir y diario salía cansada a trabajar; cuando regresaba a casa me encerraba en mi cuarto para que nadie me preguntara nada. Esa noche estaba muy triste, sentía que nada me salía como yo quería, que no valía, que me estaba ahogando por dentro y nadie podía hacer nada por mí; entonces, ese olor, ese maldito olor detonó algo dentro de mí y me puse mal, comencé a llorar sin consuelo, me empecé a arañar las piernas, la cara y solo una cosa cruzó por mi mente: morir.
“La desesperación me hizo salir a la cocina por un cuchillo. Mi familia tenía escondidos y bajo llave todos los medicamentos que había en la casa porque la vez anterior así lo había intentado. Nadie me vio cuando me encerré con el cuchillo; entonces fui a prender la bocina y me encerré en el baño, abrí la regadera y supe qué debía hacer. No quería dejar manchas en la casa, solo quería terminar con el dolor.
“Hasta este día no sé cómo se dieron cuenta en realidad, si fue el alto volumen de la música o si mi mamá tuvo el presentimiento de lo que estaba a punto de hacer, pero el caso es que tuvieron que tirar las dos puertas para detenerme. Yo estaba en el piso, sangrando, cuando vi entrar a mi papá. Su cara de dolor y susto jamás la voy a olvidar; mi mamá gritaba y dos de mis hermanos corrían de un lado a otro. También vi la cara de la novia de mi hermano… estaba asustada, pero tenía otra expresión: ella sabía algo que yo no.
“En el hospital se acercó a mí y me preguntó con seriedad: ¿quién te hizo daño, Gris? Apenas terminó su pregunta, comencé a llorar, pero le dije la verdad: «no lo sé». En verdad no lo sabía, pero ella sí, y reconocía en mí su propio dolor, en mi comportamiento había algo que la conectaba conmigo.
“Cuando salí del hospital, tres días después, mi familia no solo estaba muy herida por lo que había sucedido, sino que veía en ellos un dolor todavía mayor, y es que la novia de mi hermano ya había sembrado la semilla del abuso; fue de ese modo que todos me convencieron para que acudiera con una terapeuta que ella conocía y podía ayudarme. Estaba muy cansada de vivir así y acepté casi de inmediato.
“A las tres sesiones comenzó el horror: mi tío (hermano de mi mamá) y su entonces esposa, abusaron de mí por lo menos durante un año, lo hicieron con el pretexto de llevarme a su casa porque ellos aún no tenían hijos y yo era una niña muy bonita, o eso decía ella para sacarme de la casa. No voy a entrar en detalles porque todavía sigo recordando, pero los abusos los orquestaba esa mujer y él los ejecutaba; luego, me hacían participar en cosas de ambos. El detonante del olor fue el thinner; su casa siempre olía a eso porque ella era diseñadora o algo así y tenía el taller en un cuarto de al lado”.
La historia de Griselda es una como las que viven millones de niñas en México todos los días.
Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, en 2025, México ocupaba el primer lugar a nivel mundial en abuso sexual infantil, y lo que es peor, cada año aumentan 4.5 millones de casos; sin embargo, se agrava el problema. De los casos documentados, entre el 85 y 90% fue cometido por un familiar o una persona cercana a la familia.

“Cuando sucede un abuso al interior de la familia, se cae todo. Todo se destroza. No es eso lo que construimos, lo que creímos que teníamos como estructura sana. Ir en contra de la concepción que tenemos de la familia cuesta mucho y eso solo resuena en familiares, en los adultos, quienes cuidan que no se rompan los vínculos. Entonces, en la víctima se va insertando inconscientemente el miedo a que si habla del abuso sexual va a romper con este valor tan grande que es la unidad familiar”, explicó Ana Julia Díaz Ruiz, psicóloga y especialista en psicoterapia gestal.
Es cierto, a casi ninguna familia le gusta hablar de estos temas. Duele. Quizá por eso es que también en nuestro país existen millones de casos que están en lo secreto todavia. En su mayoría, las víctimas deciden no hablarlo jamás; en otros, como en el de Griselda, es el propio cerebro el que bloquea el acontecimiento para “resguardar” del dolor a la víctima.
Sumado a todo lo anterior, y aunque la información cae a cuentagotas en los registros oficiales, en nuestro país y en el Jalisco, cada año aumentan los casos donde son mujeres las perpetradoras de este delito que no solo dejará una huella para siempre en la víctima, como le sucedió a Griselda, sino que enmarca a la mujer como agresora incluso de sus propios hijas.
“Creo que hay que llamarlo con sus letras, es antinatural. Colocar a una persona que está fuera de la edad para hacer este tipo de actos genera alteraciones de todo tipo (…) Lamentablemente, lo que está fallando y lo que tenemos que modificar es el exceso de confianza en los familiares, dejar de creer que no les van a hacer nada a nuestras hijas”, señaló Díaz Ruiz.
PARA SABER
En 2023, el 92.3% de las víctimas de abuso sexual infantil entre 1 y 17 años fueron de sexo femenino.



