El 16 de marzo de 2013 en el aula Pablo VI del Vaticano, a 3 días de su nombramiento como Sumo Pontífice, al ser consultado por la elección de su nombre papal, aseguró: “Francisco de Asís es para mí el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y cuida toda la Creación. El hombre pobre. ¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!”. Nada nuevo para quienes lo conocían de muchos años atrás, cuando en el empobrecido Barrio 21 de Buenos Aires, en la parroquia de la Virgen de Caacupé, se convirtió en un líder muy positivo para sus feligreses, “nos dejó un faro, una luz para guiar nuestro camino”, recién señaló uno de sus antiguos parroquianos. Ahí se dedicó a servir a las comunidades más vulnerables de la capital argentina, sentando las bases de su legado de humildad y servicio. Su compasión y su fe tocaron innumerables vidas.
Ya como pontífice, en sus múltiples escritos y en sus miles de alocuciones, la palabra pobre aparecía una y muchas veces. “No se puede entender el Evangelio sin comprender la pobreza real”. “Frente a los pobres no se hace retórica, sino que se ponen manos a la obra y se practica la fe involucrándose directamente, sin delegar en nadie”. Sucesivamente ponía en guardia sobre la “relajación” que conduce a “comportamientos incoherentes, como la indiferencia hacia los pobres”, y también sobre “el excesivo apego al dinero” que “impide observar con realismo la vida de cada día y nubla la mirada, impidiendo ver las necesidades de los demás”.
“La solidaridad es, en efecto, compartir lo poco que tenemos con quienes no tienen nada, para que ninguno sufra. Mientras más crece el sentido de comunidad y de comunión como estilo de vida, mayormente se desarrolla la solidaridad. La bandera de los pobres es cristiana. La pobreza y los pobres están en el centro del Evangelio. No olvidó nunca el poner un fuerte énfasis en la necesidad de cuidar y proteger a los más vulnerables, incluidos los pobres”.
Una de las muchas frases famosas del Papa Francisco fue: “Un poco de misericordia hace que el mundo sea menos frío y más justo. Con demasiada frecuencia participamos en la globalización de la indiferencia. Esforcémonos, en cambio, por vivir la solidaridad global. La bondad es la intención firme y perseverante de desear siempre el bien de los demás, incluso de los hostiles”.
Por eso, en su Exhortación Apostólica, La alegría del Evangelio señaló: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida de todos los que se encuentran con Jesús. Quienes aceptan su oferta de salvación se liberan del pecado, la tristeza, el vacío interior y la soledad. Con Cristo, la alegría renace constantemente”. Y pidió ahí mismo un renovado espíritu misionero en la Iglesia, subrayando la necesidad de servir a los pobres y marginados. Marginados son aquellos que no piensan igual que nosotros, por ello, a nadie de la familia se le puede echar a la calle, ni hacer la vida imposible por ello”. Y ¿qué decir de la mujer? se refirió a ella en la Curia Romana: “La Iglesia es femenina. La Iglesia es mujer. Incluirla no es una moda feminista, es un acto de justicia que, culturalmente, estaba dejada de lado”. Nuestra reportera Quetzalí Cárdenas, en este punto concreto, hace una aportación que vale la pena leer en esta misma edición.
