LAURA CASTRO GOLARTE

del Señor Alcalde, obispo de Guadalajara” que se publicó en 1837
Desde su llegada a esta Guadalajara de Indias y después de su fallecimiento, entre generaciones de tapatíos que lo conocieron o que nacieron en un periodo muy cercano al trabajo de Fray Antonio Alcalde y Barriga, las noticias sobre su vida y su obra no cesaron.
Es preciso citar con mayor detalle una obra de consulta obligada y que justo encaja en las generaciones que tenían las referencias sobre el fraile de la calavera muy frescas.
Hasta donde se sabe, más allá de las noticias de su muerte o el elogio fúnebre, la del joven Mariano Otero Mestas es la primera biografía del fraile dominico, vigésimo segundo obispo de Guadalajara y, hoy, siervo de Dios.
Otero, quien ya ejercía como abogado, publicó en 1837 la “Noticia Biográfica del Señor Alcalde, obispo de Guadalajara” en El Mosaico Mexicano, una publicación periódica de la imprenta de Ignacio Cumplido. En ese año, Otero cumplió 20 de edad.
Este texto se ha reproducido varias veces en distintas ediciones y creo que la más reciente es la del libro colectivo de la Universidad de Guadalajara titulado “Utopía y acción de fray Antonio Alcalde, 1701-1792” (2018).
De entrada, Mariano Otero atribuye a la formación recibida de sus padres, José Alcalde e Isabel Barriga, los hábitos que desde muy joven desarrolló de frugalidad y moderación, ambos en la base de los sentimientos religiosos que mostró muy pronto. Cuenta Otero que Antonio Alcalde muy joven renunció a la vida bulliciosa y de placeres propia de la juventud, y cuando tenía apenas 17 años, “tomó el hábito de Santo Domingo, en el convento de San Pablo de Valladolid donde profesó y recibió las sagradas órdenes”.
Por la descripción del abogado Otero, Alcalde se dedicó al estudio de “las ciencias análogas a su carrera” y por “la exactitud en su raciocinio y la elegancia de su discurso” sus superiores le encargaron, entre 1727 y 1753 que impartiera las cátedras de Filosofía y Teología escolástica, ni más, ni menos.
Mariano Otero relata en la “Noticia biográfica…” que, si bien Alcalde disfrutaba la enseñanza, estaba en sus prioridades la beneficencia, de manera que cuando llegó a Valverde, se pudo entregar de lleno a esa actividad y a la oración. Poco después llega su nombramiento real como obispo de Yucatán y la aceptación, no sin una resistencia inicial significativa. Es curioso que la anécdota de la que surge la referencia a Alcalde como fraile de la calavera, Otero la haya consignado en nota a pie de página
El joven abogado escribió enseguida: “En medio de este género de vida, sin haber visitado nunca la antesala de los ministros, ni pretendido jamás honores y consideraciones, el humilde prelado recibió en 1761 sus despachos para la mitra de Yucatán, a que lo había presentado Carlos III, creyó el episcopado superior a sus fuerzas y después de haber procurado renunciarlo, obedeció la voz del ministro general de su orden, que le mandaba se conformase con la suerte que le deparaba la Providencia; así lo hizo y ya consagrado en 1763, abandonó su patria y atravesando el océano en una edad tan avanzada, partió para su diócesis. Doscientos años antes, un religioso también dominico había surcado los mismos mares para llevar a los pueblos del Nuevo Mundo los consuelos y los beneficios del cristianismo; a Alcalde no tocaba ya como al inmortal [fray Bartolomé de] Las Casas, luchar delante del trono con bárbaros conquistadores para economizar la sangre de sus hermanos; más tenía que suavizar la suerte de las generaciones ya esclavizadas y que oponer a la obra de la barbarie y la tiranía, los esfuerzos de la ilustración y la caridad. ¡Tarea no menos difícil que llenó en cuanto le era posible!”.
La biografía escrita por Mariano Otero es en realidad breve, pero llama la atención que le dedique primero espacio a los trabajos de fray Antonio Alcalde en favor de la educación, dadas las condiciones de abandono en que las encontró –relata Otero Mestas– y ya después se refiere a las obras del hospital.
Entre las reflexiones del biógrafo, ya para terminar, agrego la siguiente: “Hemos hecho una ligera y sencilla reseña de los beneficios que la humanidad debió al señor Alcalde; ¿pero su beneficencia se limitaba a los enfermos y a los niños? ¿El ardor con que dedicaba todas sus facultades a estos objetos justamente atendidos, lo hacía olvidar a otra clase de desgraciados? Su alma era muy grande y su virtud elevada no conocía límite alguno: jamás un infeliz lo hizo con dente de sus males sin que su mano caritativa no le aprontase el remedio”.
