Inicio OpiniónFARO Y BRÚJULASobre la personalidad de Alcalde II

Sobre la personalidad de Alcalde II

por Quetzali Hernández
0 comentarios

Laura Castro Golarte

Dos años antes de que exhalara el último suspiro del Fraile de la calavera, Antonio Alcalde y Barriga, siervo de Dios, Agustín José Mariano del Río de Loza escribió Práctica idea de un prelado de la América Septentrional verdaderamente humilde, pobre y benéfico, el ilustrísimo y reverendísimo señor don fray Antonio Alcalde y Barriga; una monografía que se reeditó hace relativamente poco, en 2019, gracias a la Asociación Civil grupo amigos del Paseo fray Antonio Alcalde.

Este texto, cuya publicación original fue en 1790, nos acerca a la personalidad del vigésimo segundo Obispo de Guadalajara. La pobreza en la que vivía era casi extrema, a pesar de habitar en el Palacio episcopal, donde se las arreglaba como podía, prácticamente ya sin familiares, es decir, sin clérigos que lo atendieran:

“Su vestuario se reduce a una camisa y calzones de bramante, que se le caen a pedazos de su cuerpo, si el lego no cuida de que se mude de limpio; hábito y calzones de hypre (sic), que le duran hasta que no tienen figura; calcetas ordinarias de algodón para que le calienten las piernas, llagadas todas con el herpes que padece”.
“Los zapatos le duran más de un año y cuando estrena nuevos, edifica la humildad con que lo celebra y dice: ‘¡Hola! ¡Qué guapo han puesto al borrico! ¡Qué buenas están las herraduras del jumento!’. Los que trajo cuando vino a esta ciudad le duraron más de cinco años. (…) Su alimento cotidiano es un mal puchero al medio día, y rara vez se añade algún plato de ave, que apenas prueba este Job, y muchas veces se queda sin comer porque el cocinero le deja la vianda cruda y no puede masticarla por falta de dientes y muelas, descuidos todos del lego (…)”.

En estos dos párrafos es posible tener una idea más que precisa de cómo vivía fray Antonio Alcalde al frente de la mitra tapatía, pero también de su actitud ante las circunstancias y de su personalidad.
Tuvieron suerte los tapatíos de entonces, y la tenemos los de ahora, con la presencia de fray Antonio Alcalde en Guadalajara; un privilegio. En dos décadas de trabajo imparable, la feligresía conoció a un Obispo de carácter fuerte cuando se trataba de cumplir con los mandatos reales, o de no hacerlo a pie juntillas u oportunamente, como cuando se tardó en integrar la Junta de Diezmos porque consideraba que era mejor incluso para el rey y su Real Hacienda y así argumentó ante el monarca; o de adelantarse a los designios de la Corona cuando inició sin miedo, dudas o titubeos las obras del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe; al Obispo que trabajó de la mano, pese a quejas y extrañamientos, con el Ayuntamiento y con la Real Audiencia, con los comerciantes y hacendados, y a favor de mujeres, niños, niñas, enfermos, artesanos y otros trabajadores; y que soportaba estoico el dolor que le causaban piedras en el riñón o de tolerar heridas que no sanaban porque prefería no molestar al lego que lo servía que, por lo visto, no atendía bien al Obispo, ya casi nonagenario, según relató también Río de la Loza.

En contraste, su rebaño conoció al pastor capaz de reírse de sí mismo, de hacer bromas sobre su inteligencia y su pobreza, de contar chistes y anécdotas a quienes llegaban a visitarlo; el que prefería quedarse sin comer antes que despertar al cocinero, pero sí podía saltarse el protocolo de rigor frente al regente de la ciudad, aquel Eusebio Sánchez Pareja, que no dudó en quejarse ante el rey por lo que consideró una falta de respeto, porque al tiempo de su toma de posesión, el Obispo no lo recibió con capa magna, sino apenas con su atuendo ordinario y apenas descrito (Gutiérrez Lorenzo, M. P., 2018).

Ese era fray Antonio, Obispo de Guadalajara: generoso, visionario, con una relación íntima y estrecha con la feligresía, de la que, podemos imaginar, no sólo conocía profundamente, sino que padecía con ella lo que hubiese que enfrentar; la acompañaba, pero no sólo eso, siempre tenía la intención –y actuaba en consecuencia– de paliar y resolver los males que la aquejaban; atento siempre de sus ovejas. Las pruebas son sus obras, las cotidianas que conocemos de aquellos años; y las que persisten; pero también su personalidad, su carácter, sus motivaciones, sus prioridades y sus sacrificios.

Periodista e historiadora, docente de
Historia de México en el ITESO.
Correo electrónico:
lauracastro05@gmail.com

También te puede interesar