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Templo Divino

por Gabriela Ceja Ramirez
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“Si aprendes a purificar lo que entra a tu cuerpo y a tu alma, sanarás también el mundo que te rodea.” MOi

MOISÉS GALINDO

Hace tiempo, al concluir una conferencia, una joven universitaria me dijo que las ideas que había compartido eran buenas, a su juicio, sólo aplicaban para quienes tenían más recursos.

Su comentario reflejaba una creencia silenciosa, muy extendida: pensar que vivir mejor, cuidarse mejor y elegir mejor es un privilegio reservado para unos cuantos. Aquella tarde decidí responderle con plena conciencia y mucha sabiduría.

Le pregunté directamente: ¿cuánto estarías dispuesta a pagar por un cuerpo nuevo, si estuvieras frente a una enfermedad terminal?

Guardó silencio, esperó mi respuesta. Le pedí que pusiera su mano frente a su nariz y sintiera el aire entrar y salir. Le expliqué que ese aire, muchas veces contaminado, al entrar en nosotros es calentado, filtrado y transformado.

Tu cuerpo extrae lo valioso, toma el oxígeno y lo distribuye con precisión a cada célula. Lo inútil lo desecha. Sin darte cuenta, llevas dentro una planta química viva, silenciosa, prodigiosa y portátil

Después hablamos de los alimentos y las bebidas. Cada día tu cuerpo vuelve a hacer otro milagro: separa, transforma, absorbe nutrientes, almacenas reservas y elimina aquello que no te sirve. Incluso cuando lo alimentamos mal, intenta sostenerte y te defiende de tus propios excesos.

Enseguida lancé un llavero al aire y lo atrapé justo al comenzar su descenso. Entonces pregunté a todos si comprendían el poder de cómputo que habita en nuestra mente. Cada ajuste, cada cálculo, cada movimiento ocurre en instantes:

Volví a preguntarle. Respondió con asombro: “Mi cuerpo tiene un valor incalculable”.

Ahí está la primera gran lección. Dejamos de valorar lo más singular que poseemos. Nuestro cuerpo, un Templo Divino. Un instrumento, vehículo y posibilidad, que te fue confiado para administrarlo con disciplina, gratitud y sabiduría.

La parábola de los talentos también ilumina esta verdad. Además de hablar de recursos, revela la responsabilidad ante los dones recibidos: Cuerpo, mente, espíritu, tiempo, familia, conciencia: todo aquello que se te entregó para cultivarlo, en vez de degradarlo.

Así como el cuerpo separa el oxígeno de lo inerte y extrae nutrientes de los alimentos, también tu mente aprende a discernir que no todo lo que escuchas te nutre y tampoco todo contenido informa porque hay mentiras, verdades a medias y mensajes diseñados para sembrar confusión, división, miedo y odio.

Por eso, además de cuidar lo que comemos, también debemos hacerlo con lo que dejamos entrar al alma. Hay palabras que contaminan, imágenes que degradan, discursos que fracturan familias y contenidos que envenenan la convivencia social.

Cuidar el cuerpo y el alma más que riqueza, exige despertar. Aprender a elegir mejor lo que respiramos, comemos, miramos, escuchamos y repetimos. Comprender al otro, respetar su dolor, reconocer su historia y renunciar a la soberbia de creer que sólo nuestra verdad vale

Necesitamos alimentarnos de bondad, beber la verdad, ejercitar la compasión y respirar esperanza. Antes de reaccionar, comprender; antes de juzgar, escuchar; antes de dividir, recuerda que todos compartimos ese anhelo de paz, dignidad y fragilidad.

Eres un gran ser; tu cuerpo y tu espíritu tiene un valor incalculable; aliméntalos con lo que edifica, cuídalos y purifícalos.

Carpe Diem. illy

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