Pbro. José Marcos Castellón Pérez
En algunos círculos académicos de las ciencias políticas, sobre todo cuando se trata de la política internacional, se habla de la “Teoría del Loco”. Este concepto político surgió en la era moderna como estrategia del gobierno del presidente norteamericano Richard Nixon para amedrentar, por medio de contradicciones, argumentos irracionales y amenazas, a los gobiernos extranjeros, especialmente del bloque socialista en su guerra contra Vietnam; la imagen de una persona con muchísimo poder que está loco que parece ser capaz de todo, con el agravante de tener en sus manos el arsenal nuclear más destructivo del mundo, es una muy buena estrategia para manipular a cualquier líder moralmente solvente.
Esta teoría no es del todo nueva, pues ya Maquiavelo afirmaba sobre los gobernantes que “a veces, algo muy sabio es simular locura”, pero ni Maquiavelo se atrevería a tanto, cuando se trata no solo de una intención buena con recursos cuestionables, sino de una acción moralmente mala por la crueldad que entraña y por las posibles consecuencias que tendría a nivel global. De hecho, no hay evidencia histórica del éxito concreto de esta teoría.
La “Teoría del Loco” es la estrategia actual del poderoso gobierno de Donald Trump. Un hombre impredecible, irracional, amenazante. Su estrategia política es la agresión, el rechazo, la discriminación, el desprecio, la locura, la manía, el egocentrismo y, quizá, hasta lo demoniaco, en el sentido más etimológico de la palabra: el que divide. Para él no hay más justicia que la suya y no hay más moral que su consciencia, por ejemplo: su cínica justificación para invadir Venezuela fue el petróleo; como la de romper con la OTAN es la de conquistar Groenlandia, por la buena o por la mala. Desgraciadamente es el hombre más poderoso de la tierra.
Pero no es sólo Trump el brabucón que impone sus criterios; es el más poderoso, el más violento y estridente, pero no el único: hoy parece que es la irracionalidad, la necedad, la locura, lo demoniaco (lo que divide) lo que gobierna el mundo y, ¿por qué no decirlo?: también nuestro país, cada vez más dividido, agredido hasta la médula por el crimen organizado que ha cooptado ya el poder y a un Estado cada vez más débil. ¿Acaso no es de locos, campañas políticas que lo mejor que ofrecen son tenis de color fosforescente? ¿No estamos viviendo la locura del poder cuando la política es la Tiktok y las narrativas desde la Mañanera? ¿No es demencial está división en el país entre chairos y fifís, que ya ha llevado al rompimiento de relaciones familiares y de amistad?
El poder político, al que la Doctrina Social de la Iglesia invita a ejercer a los que lo tienen, no es el de imponer su visión del mundo, sino la tender puentes de entendimiento, crear formas de convivencia pacíficas en medio de las tantas diferencias que existen en el género humano, resolver los conflictos y hacer que todos se sientan incluidos y valorados bajo una misma bandera.
