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Tiempo perdido en la economía mexicana

por Quetzali Hernández
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Alfredo Arnold

Cuando se llega a una edad como la mía –tengo 78 años– el tiempo adquiere una dimensión muy particular y ocurre que frente a los acontecimientos actuales no se puede evitar la tentación de compararlos con situaciones análogas ocurridas en otra época. Sin embargo, resulta muy difícil decir qué era mejor, esto de hoy o aquello de ayer

Sin lugar a duda, hay avances evidentes: la tecnología de las comunicaciones o la medicina, por ejemplo, han avanzado enormemente. Pero también hay otros temas que no han evolucionado lo suficiente o, incluso, que muestran retrocesos.

Recuerdo que, en México, cada fin de sexenio desde Luis Echeverría y pasando por López Portillo, De la Madrid y la transición Salinas-Zedillo estuvo marcada por terribles devaluaciones que ocasionaron el empobrecimiento de millones de personas y el cierre de miles de empresas.

Un ejemplo: La paridad peso-dólar durante años estuvo en 12.50, pero se distanció tanto que en sólo unos años llegó a cifras desquiciadas: un simple dólar llegó a costar más de tres mil pesos, lo que obligó al presidente Salinas a quitarle, sí, a quitarle tres ceros a nuestra moneda. Durante tres años circularon los “nuevos pesos” y en el sexenio del presidente Zedillo entró en vigor el peso actual, que, por cierto, no frenó la carrera alcista del dólar, ya que al inicio del gobierno costaba poco más de tres pesos y al finalizar había crecido a más de nueve pesos. Los cinco presidentes que siguieron: Fox, Calderón, Peña, López Obrador y Sheinbaum no han podido sostener la paridad, pero al menos ya no registra variaciones tan profundas como en el pasado. Hoy, el dólar ronda los 20 pesos.

En esencia, aquel dólar de 12.50 que muchos viejos recordamos, hoy cuesta en realidad 20,000 pesos. ¡Cuántas tragedias empresariales y personales ocurrieron en ese trayecto!

Uno de los grandes factores para la estabilización de nuestra economía fue el TLC que, desde hace más de treinta
años, nos sintonizó con las economías de Estados Unidos y Canadá. Otro, fue el cambio de vocación productiva del país, que en lugar de vender petróleo se dedicó a fabricar bienes que potenciaron a la exportación, y uno más, la creación de una alcancía valiosísima, las reservas internacionales, que al 28 de febrero pasado ascendían a más de 234 mil millones de dólares.

Existe un documental muy interesante en el que Jesús Silva Herzog, quien se desempeñaba como secretario de Hacienda en el gobierno de Miguel de la Madrid, camina entre los rascacielos de Wall Street rumbo a una reunión con la banca acreedora para confesarles que no teníamos ni una moneda en las arcas del Banco de México para afrontar la deuda externa.

Eso ya cambió. Ahora sí hay dinero, pero seguimos teniendo mucha pobreza -49 millones de pobres, afirma el Coneva- y un futuro económico incierto a causa de las medidas que adopte el presidente Trump de los Estados Unidos.

Durante nuestros 31 años de integración económica con Estados Unidos y Canadá, el Gobierno de México creció enormemente, la delincuencia se ha multiplicado y el desarrollo social no ha sido promovido adecuadamente. El Tratado comercial con Estados Unidos y Canadá podría llegar a su fin y nuestro país no aprovechó las más de tres décadas de bonanza. A otros países les ha tomado menos tiempo aprovechar las oportunidades que han tenido para crecer; a Japón y China, por ejemplo.

Independientemente de las medidas económicas que adopte Donald Trump, es urgente que nuestro país se desprenda de los problemas y vicios que lo atan, y emprenda una verdadera cruzada en favor del desarrollo. La presidenta Sheinbaum entiende de estas cosas.

LAE, diplomado en
Filosofía y periodistaAcadémico de la Universidad
Autónoma de Guadalajara

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