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Todos queremos ser amados

por Quetzali Hernández
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VÍCTOR ULÍN

Antes de agredir a Jesús Israel, Lex Ashton gritó muchas veces desde sus redes sociales. Lo hizo también desde el silencio que mantuvo en el salón de clases y lugares públicos donde nadie lo visibilizaba.

Jesús Israel, su compañero en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), fue la víctima, injustificable, del odio que Lex Asthon acumuló durante muchos años en contra de todos

No sabíamos de él, ni tampoco de su mundo. Sobreviviente a su intento de suicidio después de asesinar a Jesús Israel, hoy sabemos que Lex pertenece a una comunidad conocida en los foros de las redes sociales como Incels (Célibes Involuntarios), jóvenes que nunca han podido establecer una relación amorosa con mujeres y que suelen sufrir rechazo constante de las personas.

“Ya estoy harto de este mundo, nunca en mi vida he recibido el amor de una mujer y la neta me duele, me duele saber que los chads pueden disfrutar de las foids y yo no. Yo ya lo he perdido todo, no tengo trabajo, ni familia ni amigos, no tengo motivos para seguir con vida. Pero saben qué, no pienso irme solo (…).”

El mensaje lo había escrito en la víspera en que preparó la agresión que cometió el lunes 22 de septiembre contra Jesús Israel, de 16 años de edad, y un trabajador, y que cimbró a la comunidad estudiantil del CCH de la UNAM y al país.
También había interactuado en el mismo foro de Incels en el que lo motivaron a cometer la agresión y luego suicidarse. Se burlaron cuando no logró concretarlo.

El 21 de septiembre, Lex ingresó armado al CCH para atacar a los chads, jóvenes atractivos que acaparan sin pretenderlo la atención de las mujeres (foids), y consumar su presunta venganza para redimirse por la falta de amor.

Al verse descubierto después de atacar a Jesús Israel, Lex se lanzó desde el segundo piso del edificio de la escuela, pero no logró matarse.

Ni Jesús Israel ni Lex debieron acabar así: el primero, inocente, con una vida truncada apenas en su inicio, y el segundo en la cárcel, diagnosticado con un padecimiento mental extremo.

Jesús Israel y su pareja que en el momento de la agresión escapó, y el trabajador que intentó detener al atacante y resultó herido, no son culpables de nada. Son solo víctimas de la agresión injustificable de Lex que a sus 19 años de edad cometió un delito que no debería.

Pero nosotros, ¿qué tan culpables somos también del cómo son nuestros hijos?, ¿cómo los estamos educando y protegiendo cuando salen de casa a la escuela?
En casa, somos los padres los que alimentamos la educación de nuestros hijos y en la escuela los profesores que hacen su parte.

En casa -y en la escuela se refuerza-, es donde se procura o debería procurar el amor al prójimo, la aceptación del otro y a sus diferencias. Erradicar las burlas y la exclusión del compañero o del amigo que tenemos en la colonia o en la escuela como en la prepa en la que estudiaban Jesús Israel y Lex.

Hay que decirle a los jóvenes -que son hijos, estudiantes- que no debemos ni podemos hacer de menos a nadie. Que no perdemos nada sicuando llegamos al salón de clases saludamos a todos, incluso por su nombre, y que jamás hagamos sentir mal a un compañero o compañera por el hecho de ser moreno, blanco, alto, bajo, callado o extrovertido, por llegar en transporte público o su propio carro. Que nadie es más que el otro. Que somos iguales. Que seamos buenas personas hasta con aquellos que nos ofenden o insultan.

No es fácil lograr hoy que nuestros jóvenes sean buenas personas cuando estamos compitiendo con el individualismo y el egoísmo promovido por el mercado, y con los contenidos de las redes sociales que hasta hoy no han podido ser controladas y que imponen estilos de vida desechables.

La batalla para tener buenos hijos la tenemos que dar desde casa y la escuela. Necesitamos educar para ser más humanos. Para que lo que nos distinga no sea la apariencia y los estereotipos. Sino el humanismo. La empatía de hecho.

Lo sucedido en el CCH de la UNAM que provocó una psicosis en sus planteles derivados de amenazas posteriores de que atacarían a más alumnos, nos advierte que la paz y la estabilidad es imposible sin el otro, al que muchas veces desdeñamos o corremos de nuestras mesas o casas, o condenamos a la esquina del salón, donde nadie los ve.

Todos queremos ser felices. Nadie quiere sufrir. Todos queremos ser amados. Por los padres, por los hijos, las esposas, las novias.

Habría que empezar por abrazarnos y preguntarle al amigo, al compañero, ¿cómo estás? ¿cómo te sientes hoy? Y a vernos como lo que somos: seremos humanos que sufrimos y, la mayoría de las veces, en silencio, y no siempre por la ausencia de amor. A veces, un hola o un saludo puede hacer la diferencia entre la paz o la tragedia. Entre la hermandad o el odio que destruye.

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