PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO
Cuando el presidente Calles afirmó que la suspensión de los cultos decretada por el Episcopado Mexicano afectaría más a la Iglesia que al gobierno, tenía razón.
En primer lugar, el pueblo de Dios tiene derecho a ser asistido pastoralmente, a recibir los Sacramentos, y a celebrarlos, a ser instruido en la fe y acompañado en las contingencias de la vida. La suspensión supuso que los niños no fueran bautizados y los moribundos no fuesen asistidos, que numerosas parejas no pudieran casarse o lo hicieran prescindiendo del Sacramento. Todas las organizaciones de fieles laicos sufrieron el efecto de este abandono y muchas se dispersaron.
Con el estallido de la guerra, justa o no, el gobierno endureció su postura y se dedicó directamente a perseguir a Sacerdotes que se mantuvieran en el medio rural, que fue el campo cotidiano de los combates armados, bajo la sospecha de que su presencia alentaba a los rebeldes. En las ciudades capitales podían los Sacerdotes concentrarse sin problemas, y así, tanto en el campo como en las capitales, surgió el culto clandestino. Clandestino por dos razones, primera, porque el Episcopado había decretado que no hubiera cultos, y segundo, porque de haberlos se hacían sin cumplir lo que disponían las leyes persecutorias de la Constitución de 1917.
Suspender los cultos oficialmente, y tolerar que se hicieran de manera extraoficial era ciertamente algo dramático, y en la memoria de la gente pervivirá el recuerdo de los lugares donde a escondidas se celebraba la Misa, a escondidas del gobierno porque el celebrante no tenía el permiso requerido, y en privado, porque el episcopado había suspendido el culto público.
La celebración de bautizos y matrimonios en la doble clandestinidad traían como consecuencia la ausencia de procesos y registros que se prolongó por casi tres años, luego de los cuales, regularizar y documentar lo practicado será un verdadero lío.
En cuanto al presbiterio, aunque muchos Sacerdotes se mantuvieron al cuidado de sus comunidades, otros más se concentraron en las capitales o salieron del país, llevando más o menos una vida difícil tanto en lo económico como en lo personal, debido, sobre todo al ocio obligado que no todos aprovecharán de manera constructiva, el riesgo de la relajación general de las costumbres de laicos y consagrados será inevitable.
El escenario de la guerra no puede ser mitificado, las guerras desatan la violencia y el desorden, y la gente, sobre todo la del campo, la sufrirá de los dos partidos, pues los soldados federales fustigan y saquean a los campesinos por considerarlos apoyo de los “alzados”, mientras que los llamados cristeros, requieren igualmente de forrajes, alimentos y caballos, a veces los compran y a veces se los llevan considerando que la causa es buena y todo mundo debe colaborar.
Sin duda que el responsable mayor de todos estos descalabros fue el constituyente de 1917, el presidente Calles, y la pésima decisión de suspender los cultos, recordar estos hechos es aprender.
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