Un doctor humanista

por Quetzali Hernández
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Víctor Ulín

Doctor Librado De la Torre Campos.

No iba armado. Alguien que salva vidas no puede quitarlas. Lo sorprendieron como a miles que nos enteramos, cerca o a la distancia, de lo que le pasó. Son de esas muertes excepcionales que conmueven e indignan hasta a los que no le conocieron.
Ahora somos muchos más los que sabemos que fue una buena persona. Un médico prodigio. Que honró su vocación hasta el último día.

En tiempos en que campea la mercantilización de la salud, el doctor Librado de la Torre Campos era un humanista, un solidario. No solo lo afirmo yo o el Sacerdote que presidió la Misa de su cuerpo presente, sino sus pacientes que le viven eternamente agradecidos por salvarlos y los que -colegas y ciudadanos- marcharon también exigiendo justicia hace unos días.

A veces damos por hecho que un médico, exitoso o no, es una buena persona, además de un profesional en su área.

Lamentablemente algo está pasando en muchos de los que están en formación y en la práctica profesional: hay una ambición desmedida por ganar dinero, en especial si es un especialista reputado. Impera el materialismo y el humanismo se vuelve marginal, casi una resistencia en medio de la frialdad y la indiferencia de muchos médicos. Justifican los años de estudios para cobrar caro las consultas, en la lógica del capitalismo salvaje, y volverse insensibles, ajenos con el paciente que no completa para la consulta, o que no tiene para pagar, por decir lo menos.

Le haría bien a muchos profesionales de la medicina recuperar la humildad, que es mucho más efectiva que la soberbia que los deshumaniza, la mayoría de las veces cuando logran una especialidad y se sienten una casta divina.

En vida, el doctor Librado de la Torre Campos -especialista en Nefrología y medicina interna-, era luz en el sector salud y un ejemplo a seguir por sus colegas: realizó más de 500 trasplantes de riñón. Es decir, salvó a muchas personas que tuvieron una segunda oportunidad. Lo imagino celebrando después de una operación exitosa en el quirófano y diciendo a los familiares de su paciente que todo había salido bien, que viviría.

En sus palabras, durante la Misa, el Padre contó a manera de homenaje, que el doctor Librado había ayudado a un paciente -de lo que se sabe, porque seguro que son muchos más- que no tenía recursos para curarse. Era, además, un médico modesto, sensible al dolor ajeno, al sufrimiento del prójimo del que ahora la mayoría, cuando necesita de nosotros, nos desentendemos sin remordimiento de conciencia. En 2012 fundó El Centro Médico de Enfermedades del Riñón (CEMER), del que fue su director. Pero también compartió sus conocimientos para curar enfermos en el Hospital Civil de Guadalajara y el Hospital Puerta de Hierro.

Solo se dedicó a trabajar a favor del bienestar de los seres humanos. No era político como muchos que usan la medicina con otros fines. Pero sí un padre y médico ejemplar de los que, en verdad, hacen falta

Es difícil aceptar que como seres civilizados podamos llegar a atentar contra cualquier persona, pero más si se trata contra un doctor que dedicó gran parte de su existencia a sanar a pacientes que le depositaban su esperanza para seguir viviendo.

La noche en la que fue agredido, el 27 de junio de 2025, el doctor Librado bajó de su auto como cualquier ciudadano que confía en el prójimo, para comprar algunas cosas en un comercio localizado en la avenida López Mateos Sur, en la colonia Miguel de la Madrid, en Guadalajara, Jalisco.

Lo sucedido es solo una referencia. No debe opacar ni su aportación ni su entrega a la salud de sus pacientes que ya deben extrañarlo. Hará falta su presencia y su ciencia, acompañada de su fe.

A su paso solo cosechaba vidas. Era el mayor adversario para la muerte que solo podía ganarle o abatirlo por la espalda, y no en un quirófano. De haber quedado herido, no dudo que habría perdonado a su agresor. El doctor Librado de la Torre Campos tuvo una misión en la tierra que nunca traicionó: salvar vidas, las más que se pudieran. Antepuso sus principios que prometió cumplir cuando egresó de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG). Honró su palabra. Fue congruente con sus actos.

Todos, -y a su familia en particular-, tenemos que agradecerle lo que hizo, con amor, por sus semejantes, por su estado y el país. Que su legado se mantenga vigente, y su nombre, nunca se olvide.

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