Sergio Padilla Moreno

El próximo miércoles 6 de agosto se cumplirán 80 años de uno de los acontecimientos más absurdos, cobardes e inhumanos en la historia de la humanidad, pues el gobierno de los Estados Unidos de América, encabezado por el presidente Harry S. Truman, lanzó la primera bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, para después lanzar una segunda sobre la ciudad de Nagasaki. Este par de bombas norteamericanas sirvió para que el imperio japonés se rindiera y así se pusiera fin a la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de las ocho décadas que nos separan de ese acontecimiento, muchos han sido los “argumentos” para justificar el uso de dichas armas de destrucción masiva, pues eso provocó la rendición definitiva de un ya debilitado Japón, una vez que ya había caído la Alemania nazi y la Italia fascista.
Si nos vamos a la frialdad de los datos duros, la ciudad de Nagasaki tenía relativa importancia militar por la producción de barcos y artillería, pero tanto esta ciudad como Hiroshima padecieron explosiones de tal potencia que, segundos después de cada explosión, fueron asesinadas decenas de miles de personas inocentes, a las que se agregarán miles de seres humanos que murieron días, semanas y meses después a causa de las heridas tan terribles y efectos de la radiación que escapan a nuestra capacidad para imaginar el dolor que sufrieron hombres y mujeres de todas las edades. Las fotografías y videos de la devastación nos muestran el dolor y sufrimiento de aquellos negros días en la historia de la humanidad, pero también hay numerosos testimonios de personas que fueron testigos de aquellos irracionales acontecimientos.

Un testigo de primera mano de aquella devastación fue el jesuita Pedro Arrupe (1907-1983), quien llegó como misionero a Japón en 1938 y luego fuera nombrado, en 1942, maestro de novicios en Nagatsuka, una colina a las afueras de Hiroshima. En el libro Yo viví la bomba atómica, el P. Arrupe narró sus vivencias del día de la tragedia y los meses posteriores. En ese testimonio recordó que el 6 de agosto de 1945 se encontraba en una casa con 35 jóvenes y varios Padres jesuitas, cuando a las 08:15 horas vio “una luz potentísima, como un fogonazo de magnesio, disparado ante nuestros ojos”. Ese acontecimiento marcó un antes y un después en la vida humana y espiritual del jesuita que llegaría a gobernar la Compañía de Jesús de 1965 a 1983.
Animando a la comunidad de jesuitas, el P. Arrupe ayudó como pudo, pues era médico de formación, en la atención de las víctimas que llegaban a pedir auxilio. Pero una vez que hubo condiciones celebró la Santa Misa en ese contexto, recordando años después que “no podía musitar palabra y quedé como paralizado, con los brazos abiertos, contemplando aquella tragedia humana: la ciencia humana, el progreso técnico, empleados para destruir al género humano.” Si Arrupe estuviera vivo hoy, seguramente su corazón sufriría enormemente al ver que la humanidad vuelve a ser amenazada por líderes políticos y militares con desatar un absurdo y aniquilante holocausto nuclear.
padilla@iteso.mx
Padre Arrupe: Jesuitas
en Hiroshima y Nagasaki 1945.
https://www.youtube.com/watch?v=2aZa_VMotcQ&t=200s

