Una mirada desde la frontera México – Estados Unidos
PORS.E. MONS. GUSTAVO GARCÍA SILLER MSPS
ARZOBISPO DE SAN ANTONIO. TEXAS

Había transcurrido poco tiempo desde que el Papa Francisco inauguró su pontificado, cuando una carta del Párroco de Lampedusa le conmovió al grado de llevarlo a expresar su deseo de visitar aquella diminuta isla. La misiva relataba la difícil situación de innumerables familias migrantes abandonadas a su suerte o hacinadas y sin qué hacer en refugios improvisados. Simultáneamente, la prensa italiana mostraba imágenes desgarradoras de un naufragio en la costa de Lampedusa. En medio de una indiferencia generalizada, una docena de migrantes había perdido la vida al aferrarse desesperadamente a una red de pesca en su intento por sobrevivir.
El Cardenal que escuchó el deseo del Papa respondió con un cuidadoso consejo, subrayando que el primer viaje papal tenía un inmenso significado simbólico y requería una planificación meticulosa. Días más tarde, el mismo Cardenal recibió una llamada alarmada de un alto ejecutivo de una aerolínea, informándole que un pasajero de nombre Jorge Mario Bergoglio había comprado un boleto con destino a Lampedusa. En ese instante, comprendió aquello que en México se expresa con este dicho coloquial: Donde manda capitán, no gobierna marinero.
AQUEL PRIMER VIAJE

El 8 de julio de 2013, el Papa Francisco realizó su primer viaje oficial como Pontífice: visitó Lampedusa. En medio de las crudas realidades de una crisis humanitaria, aprovechó la ocasión para denunciar la “globalización de la indiferencia”. Durante una homilía apasionada, planteó dos preguntas inquietantes tomadas del Génesis: “Adán, ¿dónde estás?” y “¿Dónde está tu hermano?” Desde aquel remoto lugar, el Obispo de Roma lanzó esos desafíos retóricos al mundo entero para que reconozcamos nuestra responsabilidad colectiva en la crisis migratoria mundial. Su súplica —“¿Quién ha llorado hoy en el mundo?”— tocó el núcleo de la pérdida de empatía en la sociedad moderna, instando a abandonar la comodidad de la indiferencia y extender la mano a quienes se hallan en situaciones desesperadas.
Cuando los refugiados huyen de sus países de origen, buscan seguridad en campos temporales que, en ocasiones, se convierten en hogares durante años. Cuando no se encuentra una solución duradera en los países vecinos, estos individuos son reasentados en terceros países, como Estados Unidos, donde prácticamente comienzan su vida de nuevo. En este país, los refugiados reciben apoyo práctico a su llegada, sentando así las bases para obtener la residencia permanente tras un año
Si bien, tanto refugiados como migrantes comparten el estatus de inmigrantes, existe una distinción crucial. Los refugiados se ven forzados a huir por la guerra, la persecución o las violaciones a los derechos humanos, y su reconocimiento legal les garantiza acceso a servicios básicos, como atención médica y alojamiento temporal, además de la posibilidad de un futuro permanente mediante un proceso mediado por la ONU que puede extenderse durante años. Por su parte, los migrantes suelen abandonar sus países por diversas razones, emprendiendo en ocasiones viajes largos y arduos a pie en busca de una vida mejor.
Cáritas, conocida en Estados Unidos como Caridades Católicas, juega un papel crucial, trabajando para apoyar a poblaciones vulnerables y reflejar la compasión de Jesucristo, asistiendo sin distinción a quien lo necesite.

En la Arquidiócesis de San Antonio, la labor de quienes colaboran con esta institución ha permitido que el 85% de los recién llegados logre la autosuficiencia en seis meses, mediante alojamiento, colocación laboral, inscripción escolar y otras ayudas que se ofrecen para la integración. Hasta hace unas semanas, los solicitantes de asilo procesados por el Departamento de Seguridad Interior del gobierno federal llegaban a refugios temporales como el Centro de Bienvenida operado por Caridades Católicas de San Antonio y ubicado cerca de centros de transporte, que brindaba alimento, vestido, artículos de higiene, duchas y áreas de descanso. Aunque se ha tenido que cerrar este albergue debido a la disminución de cruces fronterizos y el congelamiento de fondos gubernamentales, nuestro compromiso de servir a los necesitados permanece inquebrantable.
Históricamente, la Iglesia ha sido un aliado confiable de gobiernos y comunidades en la acogida, protección, promoción e integración de los más vulnerables. Al mismo tiempo, abogamos por un enfoque equilibrado que respete tanto el derecho de las personas a migrar, a no tener que migrar y a no ser explotadas, como el derecho de los ciudadanos a vivir en entornos seguros y regulados.
NUEVAS REALIDADES
En Estados Unidos, donde el añejo debate sobre la necesaria reforma migratoria se ha intensificado, los Obispos hemos pedido insistentemente a los líderes políticos que reconstruyan un sistema evidentemente roto para que se adapte a la realidad y responda a las necesidades actuales. Fuimos alentados por el recién fallecido Papa Francisco y reforzados en nuestros vínculos de unidad, al recibir su estímulo tanto para atender directamente a los necesitados como para ser fieles a la misión profética de la Iglesia de proclamar la caridad evangélica. Somos un país compasivo que merece políticas públicas consistentes con su identidad.
El mensaje del Papa Francisco sigue siendo un faro de esperanza, mientras la Iglesia asiste a los más vulnerables. Su enérgica denuncia de la indiferencia global, y su compromiso con refugiados y migrantes, nos recuerdan que cada vida es sagrada y merece compasión. Su ejemplo traza un camino hacia un mundo donde la empatía sustituye la indiferencia y cada acto de bondad acerca a la humanidad al Reino de justicia y amor que promete Jesús. El Santo Padre nos invitó a renovar nuestro compromiso personal y colectivo, recordándonos que en cada gesto solidario reside la esperanza de un futuro sin abandono.
Mientras enfrentamos los desafíos de la migración y las crisis humanitarias, sus palabras nos instan a no guardar silencio ni desviar la mirada. Ya sea desde una playa abarrotada en Lampedusa o en una cama de hospital en Roma, su llamado a amarnos y cuidarnos mutuamente nos confirma en la fe en Jesucristo, que nos manda amarnos unos a otros como él nos ha amado.
Este llamado se enriquece con la devoción profundamente arraigada de la Iglesia en este país a Santa María de Guadalupe. La historia de San Juan Diego es un conmovedor ejemplo de cómo la fe puede transformar travesías. A pesar de enfrentar desconfianza, rechazo, discriminación y la repentina agonía de su tío, Juan Diego aceptó su misión y se convirtió en embajador de la reconciliación, gracias al tierno cuidado y guía de María. Su experiencia refleja los desafíos que enfrentan muchos migrantes que, al cruzar fronteras culturales y nacionales, buscan no solo refugio, sino también un renovado sentido de identidad y pertenencia que a su vez ofrece un nuevo horizonte al amor evangélico.

