Oswaldo Corona / 3o. De Filosofía

Hace unas semanas vivimos el Jubileo de la Esperanza con una peregrinación especial: caminamos los seminaristas desde el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe hasta la Catedral Metropolitana de Guadalajara. No fue una simple caminata simbólica, sino un gesto cargado de sentido espiritual, fue salir de nosotros mismos, de romper la rutina, para permitir que Dios nos renovara desde dentro.
Aquella tarde, al reunirnos como seminaristas peregrinos de esperanza, iniciamos un verdadero camino de fe. Cada paso que dimos tenía un eco de oración. Los cantos, las voces que se unían, las intenciones personales, los silencios… todo se convirtió en súplica. Una súplica que no era individual, sino eclesial: que Cristo renueve nuestra esperanza, la de todos.
Salir desde el Santuario Guadalupano tuvo un sentido muy especial. Sentí con fuerza que la Virgen María nos acompañó como lo hizo con San Juan Diego en su tiempo. Sentí que nos decía también a nosotros: “¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?”. Durante la caminata, hubo momentos breves de silencio, pero intensos, de diálogo interior con el Señor, un encuentro en lo más profundo del alma.
Al llegar a la Catedral y cruzar la Puerta Santa, me sentí profundamente conmovido, porque era como atravesar el umbral de una nueva etapa, una renovación interior, un sí más firme al Señor que me llama. Durante la Misa Jubilar, comprendí que la esperanza cristiana no es un optimismo ingenuo. Es la certeza de que Dios cumple sus promesas, aunque lo haga de modos que no siempre comprendemos de inmediato.
Regresé al Seminario con el corazón lleno de esperanza renovada. Porque he visto que Dios sigue llamando, que su pueblo sigue respondiendo, que el Evangelio sigue siendo buena noticia.
Este Jubileo me recordó que ser seminarista es aprender a caminar con Cristo cada día: a veces entre multitudes, otras en el silencio; a veces cuesta arriba, otras con el gozo del paso ligero. Pero siempre con la convicción profunda de que quien camina con el Señor no lo hace en vano.
Que este Jubileo no sea solo un evento vivido, sino una semilla que siga dando fruto en nuestra vocación: una vida al servicio de la esperanza que no defrauda
