Pbro. Giovanni Camarillo
Enviado Especial

Roma- La madrugada del 21 de abril de 2025 quedó grabada en mi corazón. Al enterarme del fallecimiento del Papa Francisco, no solo sentí que terminaba un Pontificado, sino una etapa de mi vida sacerdotal. Francisco fue el Papa que marcó mi formación en el Seminario y los primeros años de mi ministerio como Presbítero. Su vida, su estilo, su mensaje y su espiritualidad dejaron una huella profunda en mi identidad como Sacerdote.
Con ese nudo en la garganta, y mientras la noticia se extendía por el mundo, comenzó también para mí un proceso interior. Sabía que debía estar en Roma. A pesar de los compromisos en Parroquia, en el colegio, y unas vacaciones en familia tan esperadas, algo dentro de mí decía: tienes que ir. Y como suele suceder cuando se trata de una misión que brota del corazón de la Iglesia, las piezas comenzaron a engranar: se concedieron los permisos, se abrieron los caminos, y llegué a Roma el 24 de abril, acogido con fraternidad y generosidad en el departamento de Monseñor César Guadalupe García, Sacerdote Diocesano de Guadalajara.
Los días previos al Cónclave fueron también una escuela para mí. La Iglesia, con sus siglos de sabiduría y su tradición viva, se me mostraba en cada gesto, en cada protocolo, en cada Misa celebrada por el difunto Pontífice. Fue entonces que tuvimos un encuentro con nuestro Arzobispo, el señor Cardenal José Francisco Robles Ortega. Su trato fraterno me ayudó a comprender que la elección de un Papa es, ante todo, una tarea espiritual: discernir quién es el elegido de Dios, según su corazón.
El Cónclave me hizo descubrir también mi misión como Sacerdote y miembro del Pueblo de Dios: sostener a la Iglesia con mi oración. Mientras ellos votaban, nosotros rezábamos. Mientras el humo se preparaba, nuestras oraciones subían al cielo. Nunca había vivido tan intensamente esa conexión espiritual entre la elección pontificia y el cuerpo místico de Cristo.
La tarde del jueves 8 de mayo fue distinta. Algo en el ambiente presagiaba alegría. A las 6:07 p.m., cuando la fumata blanca surcó el cielo de Roma, todos nos fundimos en un solo sentimiento: júbilo. El Papa 267 había sido elegido. Grabé un video para compartir con los fieles, pero la emoción fue tan grande que no pude contener las lágrimas. Lágrimas que nunca olvidaré, porque veía la obra de Dios manifestarse en la humanidad frágil, pero llena del Espíritu.
Pero lo más impresionante vendría por la noche. Mientras trabajábamos en la edición de materiales para nuestras plataformas, Monseñor César recibió un mensaje: “El Papa va a mi oficina”. Mi respuesta fue espontánea: “¡Nos invitas!”. Su respuesta: “¡Vámonos ya!”. Corrimos desde el departamento frente a la Puerta de Santa Ana hasta el Palacio del Santo Oficio. Allí esperamos casi una hora. Finalmente, llegó el Santo Padre, bajó del auto y comenzó a saludar uno por uno. Cuando me tocó, lo saludé, besé su anillo, lo miré con alegría, y su mirada me llenó de paz. Una paz que no se olvida.
Mientras él saludaba a otros, aproveche para tomar fotos y grabar video. En el momento de la bendición, sentí que debía pedir algo especial. Con el corazón en la mano le dije: “Saludos desde México”. Buscó entre la gente, me miró con sorpresa y alegría. Le dijeron que éramos de Guadalajara y su alegría aumentó. Volví a besar su mano y le pedí su bendición para nuestra nación. Asintió. Le pedimos una “selfie”. No se negó. Y ese momento quedó sellado en mi alma.
Al despedirse, lo seguíamos con la mirada, como si quisiéramos que no se fuera. Subió al tercer piso, donde hasta hacía poco había vivido como Cardenal, y ahora lo hará algunos días como Papa.
Esta experiencia me confirmó tres cosas:
- Lo que el Espíritu Santo puede hacer en un hombre dispuesto.
- La fe de una Iglesia viva que acoge a Pedro con alegría.
- Y la necesidad constante de orar por el Papa.

Monseñor César Guadalupe García y Pbro. Giovanni Camarillo.
No fue un viaje, fue una experiencia de gracia y bendición. Una vivencia que me marcará para siempre como Sacerdote y como hijo de la Iglesia.
