Hermanas y hermanos en el Señor:
Estamos llegando al final de la gran fiesta, la más grande y central de nuestra fe, la Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, este domingo de la Ascensión.
Es tan grande esta fiesta que no nos basta un día, no nos basta una semana, sino que la celebramos durante 50 días.
Es más, la seguimos celebrando cada domingo, y todos los días, en la Santa Misa.
Le pedimos a Dios dos cosas: que sigamos celebrando con fe, con amor, con entusiasmo y con alegría, estas fiestas, y que lo que celebramos se manifieste en nuestras obras, es decir, que estos acontecimientos, los más grandes para nosotros los creyentes, se manifiesten en nuestras obras, muriendo al pecado, no cayendo en el mal, y más bien, nos dirijamos hacia las acciones de bien.
Esto es lo que significa vivir como resucitados, vivir la vida nueva en la que participamos, por Jesús, desde nuestro Bautismo.
Las fi estas de nuestra fe no son solo un recuerdo, una conmemoración, sino que nos comprometen. Si creemos que Cristo murió y resucitó, hay que hacer de esas fi estas nuestra vida.
Por lo tanto, hay que negar en nosotros todo lo que es pecado, y aplicarnos a todo aquello que es bueno, verdad, justicia, servicio, fraternidad, perdón y paz.
Cuando lo que creemos y celebramos lo traducimos en nuestra vida, entonces somos verdaderos cristianos.
Jesús nos ha dicho: “El que me ama, cumplirá mi Palabra”. La manera de manifestarle a Cristo que nuestro amor y nuestra fe son verdaderos, es cumpliendo su Palabra, haciendo las obras que Él nos enseña.
“El que no me ama, no cumplirá mi Palabra”. Si nosotros queremos saber qué tan auténtico es mi amor a Dios, hay que medir cuánto cumplimos la Palabra que Cristo nos enseña.
Si descubrimos que estamos cumpliendo la Palabra de Cristo con las obras, es muestra inequívoca de que lo amamos. Si no estamos cumpliendo su Palabra, entonces nuestro amor no es verdadero, no es sincero, no es auténtico.
Jesús nos hace un anuncio muy importante, la presencia del Espíritu Santo, que viene a enseñarnos y a recordarnos todas las cosas que Él nos ha dicho. Ésta es la garantía de que en la vida no estamos solos, sino que vamos acompañados de la mano, abrazados por el amor y la misericordia de Dios.
Al resucitado lo percibimos con la claridad de la fe. De esta forma se hizo presente en los acontecimientos que marcaron recientemente la vida de la Iglesia.
Uno, la muerte del Papa Francisco, que entregó su vida al servicio de Dios y de su Iglesia. El último gesto de su vida fue bendecir a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, y desde ahí a la ciudad de Roma y a todo el mundo. Después de este gesto, murió, en el día que celebrábamos la resurrección de Cristo.
También experimentamos la presencia del Espíritu Santo con la elección de un nuevo Papa.
Estos acontecimientos fundamentados en la resurrección de Jesús hacen crecer nuestra fe, nuestra esperanza y la certeza de que no vamos por la vida sin sentido, sino que vamos a la gloria de Dios, a la Casa del Padre.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
