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Una Iglesia de 477 años

por Quetzali Hernández
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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

Hoy 13 de julio cumplimos 477 años de existencia como Iglesia de Guadalajara. Cuando un niño o niña, o joven, cumple años suele preguntarle a su mamá muchas cosas sobre cómo fue que nació y ha crecido, sobre sus enfermedades y primeros pasos, y como es natural, la madre guarda la memoria de todos esos datos y lo relata una y otra vez, acumulando cada año nuevos recuerdos, nuevas experiencias.

La Diócesis de Guadalajara nació en 1548, luego de una gestación lenta que había comenzado en 1530, y que había enfrentado y sobrevivido a la peor crisis que hubo en todo ese siglo y en toda América, la poderosa guerra indígena del Mixtón que duró casi dos años, que desató una violencia sin límites, que amenazó la presencia española en todo el continente, y borró con la mayor crueldad cuanto los misioneros venían levantando por el occidente y norte del territorio, marea embravecida que providencialmente se contuvo antes de entrar al valle de Atemajac, puerta para el sur de Jalisco y para el resto de la Nueva España.

Este acontecimiento que impactó severamente la vida de indígenas y españoles, que cobró cientos de víctimas en ambos lados, y sembró la angustia de perder el futuro, para luego finalmente superarse, es lo que se denomina en historia social, acontecimiento fundante, y es importante porque es una marca de identidad que queda grabada en la memoria de quienes lo vivieron y que luego se va transmitiendo aún de manera inconsciente.

En la Diócesis de Guadalajara este acontecimiento fundante se mantuvo muy vivo por lo menos hasta mediados del siglo XIX, cuando la maquinaria centralista del gobierno buscó la manera de eliminar las identidades regionales, y así, hoy día no encontramos vestigio alguno en ninguna parte que nos recuerde este hecho histórico de tanta trascendencia, no se enseña en las escuelas, tampoco en los catecismos, sobrevive una estatua del líder cazcan Tenamaxtli, a espaldas del teatro Degollado, y sólo una estatua de fray Antonio de Segovia, el gran evangelizador del occidente, en el atrio de la Basílica de Zapopan, es obvio que hemos perdido la identidad de nuestra Iglesia diocesana.

A pesar de todo, y gracias a que nuestro pueblo ha guardado la memoria de todas estas cosas en el Santuario de Zapopan, en la pequeña imagen de la Virgen, y a que su visita anual no deja de recordarnos, así sea una vez al año, nuestras raíces, y el primer acontecimiento que dio paso al nacimiento de esta Iglesia diocesana, algo logramos rescatar y conservar.
armando.gon@univa.mx

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